miércoles, 28 de octubre de 2015

CAMBIO CLIMÁTICO Y PATÓGENOS EMERGENTES EN LAS ETA DEL SIGLO XXI (Parte 2)

"Los lugares más obscuros del Infierno, están reservados para los que mantienen su neutralidad en épocas de crisis moral" (La Divina Comedia - Dante Alighieri)



Cambio Climático y Patógenos Emergentes en las ETA del siglo XXI 
(Parte 2)




A menudo, los alimentos proceden de zonas ajenas a los límites de la Unión Europea, donde el impacto del cambio climático es más relevante. Sin embargo, estos países deben ser capaces de producir alimentos dentro de las normas de seguridad alimentaria europea y éstas deben exigirse por los importadores. Esto pone de relieve la importancia de herramientas como el Sistema APPCC (Análisis de Peligros y Puntos de Control Crítico) para identificar en etapas tempranas riesgos dentro de la cadena alimentaria, que pueden ocurrir por el cambio climático. Estas zonas podrían localizarse por el desarrollo de un claro proceso de intensificación agrícola, inundaciones cíclicas o nuevas incorporaciones a la producción de alimentos. Las altas temperaturas podrían provocar un incremento de patógenos y micotoxinas en toda la cadena alimentaria. Resulta imprescindible desarrollar técnicas de evaluación del riesgo para poder identificar áreas de focalización de peligros alimentarios, así como posibles técnicas de mitigación de los mismos. Algunas de las conclusiones del estudio británico se derivan del hecho de que el aumento progresivo de las temperaturas podría provocar un incremento en el número de microorganismos patógenos y de micotoxinas en toda la cadena alimentaria, desde la producción hasta el consumo.


Tanto el procesamiento como el transporte y almacenamiento de los alimentos pueden incrementar los riesgos, pero hay poca información sobre cómo estos se alteran con el cambio climático. Por otra parte, este aumento de temperaturas puede provocar que microorganismos y enfermedades de origen alimentario propias de otras latitudes más cálidas se desarrollen en nuestro entorno. Otro punto destacable es que las cada vez más frecuentes, largas y severas épocas de sequía, consecuencia del calentamiento global, provocarán una mayor necesidad de agua de riego que hará que el riesgo de microorganismos patógenos sea más elevado. Por otro lado, las previsibles inundaciones son uno de los mecanismos para el transporte de agentes patógenos y sustancias químicas en  suelo agrícola que puede aumentar.


Los patógenos más beneficiados por el cambio climático y que más preocupan son los de dosis infectivas bajas, como protozoos parásitos o bacterias como Shigella, y los de mayor persistencia ambiental, como los virus gastrointestinales. También favorece el crecimiento de patógenos con gran tolerancia térmica y condiciones extremas de pH, mientras otros, como Salmonella y E. coli enterohemorrágica, aumentan su competitividad. Además, se prevé una probable alteración del uso de plaguicidas y medicamentos veterinarios. La mayor utilización de medicamentos veterinarios puede aumentar la prevalencia de patógenos resistentes a los antibióticos. Por último, el estudio pone de relieve la importancia de los equipos de vigilancia epidemiológica, cuya labor será cada vez más importante. Además, es fundamental desarrollar métodos de detección rápida de patógenos y productos químicos en los alimentos y en los seres humanos y para comunicar con rapidez a los organismos reguladores para que estos realicen, en poco tiempo, las oportunas recomendaciones y acciones. 


Algunos agentes patógenos se transfieren de los animales a los seres humanos, por lo que el seguimiento de la salud animal puede permitir detectar las amenazas antes de que la infección humana se produzca. Ya que es un problema global, resulta lógico pensar que los países deberían adoptar todas las acciones y medidas posibles. El trastorno de un ecosistema es una de las maneras más profundas en las cuales el cambio climático puede afectar la salud humana. El control de los animales nocivos es uno de los servicios de la naturaleza que más se desprecia. Los ecosistemas que funcionan bien ayudan a que los organismos nocivos sean controlados. Las enfermedades oportunistas transmitidas por roedores son, entre otras, el hantavirus, una infección pulmonar altamente letal que causó la primera erupción humana en el sur de los Estados Unidos de América en 1993 y que ha generado brotes en Europa y Sudamérica en la última década; la peste, enfermedad histórica que causó enormes epidemias en siglos pasados y es transmitida de los roedores a los humanos por pulgas y que ha reaparecido en África y la India como resultado de las grandes sequías seguidas de inundaciones y que se ha favorecida por las condiciones deficientes de higiene.


El cambio climático además de exacerbar las enfermedades transmitidas por vectores señaladas anteriormente, puede también aumentar la frecuencia de enfermedades transmitidas por el agua. El aumento en la frecuencia y duración de sequías e inundaciones pueden afectar y disminuir el acceso a fuentes seguras de agua potable, además de que la falta de este útil líquido durante una sequía interfiere con una higiene adecuada. Las inundaciones pueden afectar los desagües y otras fuentes de microorganismos patógenos incrementando así la frecuencia de enfermedades diarreicas. Sin embargo, aquí también es difícil predecir los impactos potenciales del cambio climático sobre las enfermedades relacionadas con el agua porque el acceso a una fuente de agua sana depende principalmente de factores socio-económicos. Se ha formulado la hipótesis de que las temperaturas anormalmente elevadas del mar asociadas con el fenómeno de El Niño en los años 1991 y 1992 contribuyeron a la primer epidemia del siglo XX de cólera en Sudamérica.




Las corrientes marinas de agua caliente desencadenan el florecimiento de algas tóxicas que pueden favorecer la proliferación de organismos patógenos como el Vibrio cholerae, el agente causal del cólera.  Algas y patógenos contaminan a peces y moluscos a través de los cuales se puede transmitir la enfermedad a los humanos consumidores. De lo expuesto anteriormente, se puede deducir que la investigación y el monitoreo de las enfermedades que se sospecha son causadas o exacerbadas por un potencial cambio climático son sumamente complejos. Los patrones diversos y muchas veces no lineales de las respuestas biológicas al cambio climático indican que los modelos cuantitativos muchas veces no serán suficientes para pronosticar los impactos a la salud humana.  La vulnerabilidad distinta de cada población alrededor del mundo y los cambios continuos en la salud, hacen que el pronóstico de las influencias climáticas sobre la salud sean altamente problemáticas. Sin embargo, es importante tener claro que la falta de certeza de los efectos adversos del cambio climático sobre la salud no deben de ser interpretados como la certeza de que no existan tales efectos adversos. 


Los daños a la salud humana causados por el cambio climático dependerán en gran medida de los pasos que se tomen para prepararse frente a estos peligros:

1. Puesta en marcha de buenos sistemas de vigilancia del clima en su conjunto de manera que sea posible a pronosticar cuando existen condiciones climatológicas o ambientales que pueden conducir a epidemias.
2. Aplicación de buenos sistemas de vigilancia para la emergencia o resurgencia de enfermedades infecciosas transmitidas por vectores o por el agua a fin de lanzar rápidamente medidas que controlen la proliferación de insectos o roedores e informar al público sobre cómo protegerse o qué hacer en caso de contagio.
3. Estudiar y abarcar los riesgos a la salud humana dentro de un marco basado en la ecología, evaluando los posibles impactos del cambio climático sobre la variedad de especies que conforman al ecosistema. 
4. Implementación de una colaboración intersectorial de manera que todo lo pertinente a la salud humana sea considerado dentro de técnicas de manejo ambiental. Por ejemplo, el sector salud podría utilizar información generada por los pronósticos del clima para elaborar una planeación más proactiva en este campo.


Los puntos anteriores permitirán abordar el problema serio, aunque a veces subestimado, del impacto del cambio climático a la salud humana. Un cambio climático no solamente puede exacerbar los problemas actuales de salud, también puede traer problemas de salud no esperados en la población humana. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha recomendado una serie de estrategias para tratar de aminorar los impactos a la salud que se han pronosticado, las cuales incluyen: monitoreo de las enfermedades infecciosas, preparación para desastres, mejora de los sistemas de alerta tempranos, mejora del control de la contaminación de agua y aire puesta en marcha de programas de entrenamiento de investigadores y profesionales de la salud. Como respuesta a los requisitos establecidos por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (UNFCCC, por sus siglas en inglés) se creó la Agencia Intersecretarial sobre la Agenda Climática en la cual participa la OMS.


Proporciona información sobre los aspectos relacionados con la salud de la Agenda Climática dentro del campo general de “estrategias de evaluación de impactos y respuesta climáticos para reducir la vulnerabilidad”. La OMS ha estado trabajando con la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (WMO y UNEP, por sus siglas en inglés, respectivamente) enfocando sus esfuerzos en tres áreas: formación de capacidades, intercambio de información y promoción de la investigación.  Por otra parte, el Sistema Global de Observación del Clima (GCOS, por sus siglas en inglés) es un esfuerzo de colaboración entre el WMO, la UNEP y la Comisión Intergubernamental Oceanográfica de la UNESCO y está destinado a ser un sistema de observación global a largo plazo para monitorear de cerca el clima, la variabilidad climática y el cambio climático. 


Siguiendo el “principio precautorio”, que implica actuar aún en ausencia de pruebas científicas totalmente contundentes, es indispensable ahondar en los estudios que relacionen la salud humana con el cambio climático. Sin embargo, la complejidad de las vías a través de las cuales el cambio climático puede afectar la salud humana dificulta los pronósticos de cómo, cuándo y en qué grado el cambio climático global influirá sobre el bienestar de los seres humanos.


Es muy razonable anticipar variaciones en el riesgo de enfermedades y daños físicos como consecuencia de dicho cambio global. Los riesgos incluyen como ya se mencionó: olas de calor y aumento en la contaminación, aumentan en la frecuencia e intensidad de sequías e inundaciones, brotes de epidemias de enfermedades transmitidas por vectores y a través del agua. Enfermedades como la malaria, el dengue, la fiebre amarilla, el cólera han resurgido o cobrado nueva fuerza en los últimos años y al parecer el cambio climático global es una de sus causas posibles. El prospecto de un cambio climático que afecte la salud humana produce un desafío importante para los científicos y los tomadores de decisiones.


Para los científicos es difícil identificar los impactos del clima actual sobre la salud debido a la gran cantidad de factores sociales, tecnológicos, demográficos y ambientales que hay que tomar en cuenta para los estudios y los modelos computacionales. Para los tomadores de decisiones, lo importante es seleccionar acciones que proporcionen beneficios sobre una gran variedad de posibilidades futuras de cambio climático y que minimicen los costos económicos actuales, los cuales pueden causar en sí mismos impactos negativos en la salud pública. A pesar de estas dificultados, sería muy prudente asegurarse de que los sistemas de salud nacionales estén preparados e informados, y que existan amplios programas de prevención de efectos nocivos del cambio climático sobre la salud humana.




2. Patologías humanas, agua y cambio climático


Las infecciones en el hombre están íntimamente relacionadas con el medio ambiente, en especial aquellas transmitidas por vectores, aguas y alimentos. El cambio ambiental tiene un gran potencial de selección de distintas enfermedades infecciosas, lo cual favorece la aparición de epidemias. A pesar de ello, establecer una relación directa causa-efecto, clima-enfermedad, no resulta sencillo debido a su condición multifactorial. Por ese motivo se han desarrollado distintos modelos epidemiológicos predictivos teóricos, con el objetivo de determinar el grado de sensibilidad de las distintas enfermedades a las variaciones climáticas y su relación con los brotes infecciosos para poder así implementar medidas preventivas. El cambio climático es un fenómeno emergente con una distribución no equitativa, ya que los mayores riesgos los padecen las poblaciones más pobres, que son las que menos contribuyen en la emisión de gases generadores del efecto invernadero. Un ejemplo de ello es que la emisión en EE.UU., es 7 veces mayor que en China y 19 veces mayor que en África.


Durante el siglo XX, la temperatura aumentó aproximadamente 0,6°C. Las proyecciones estiman un aumento entre 1,4- 5,8ºC de la temperatura en el siglo XXI, con aparición de temperaturas extremas, inundaciones y sequías que afectaron la fauna y flora mundial. La Organización Mundial de la Salud (OMS) informa que los efectos del cambio climático iniciados en 1970 fueron los responsables del aumento de 150.000 óbitos para el año 2000, cifras que aumentarían en el futuro, principalmente en las poblaciones más vulnerables. El Panel Intergubernamental para el Cambio Climático agrega que los motivos que generaron el calentamiento en los últimos 50 años se relacionan fundamentalmente con las actividades del hombre. La comprensión e interpretación de la interrelación entre el cambio climático con las enfermedades infecciosas requieren un conocimiento multidisciplinario, tanto médico como de biología, entomología, antropología, astronomía, geografía, ciencias exactas. La atmósfera que rodea al planeta es la que permite mantener la temperatura ideal para la vida.



Está constituida por 5 capas concéntricas de gases, formadas por nitrógeno y oxígeno como componentes principales, que filtran las radiaciones solares. La capa más baja es la troposfera, donde se genera la temperatura de la superficie de la tierra. Está compuesta en mínimas cantidades (1%) por gases denominados "de invernadero", como el dióxido de carbono (CO2), metano, óxido nitroso, entre otros, que son producidos naturalmente y gases industriales fluorados como hidrofluorocarbonos, perfluorocarbonos y hexafluoruro de azufre, generados artificialmente. En pequeñas concentraciones, estos gases son vitales para mantener a la Tierra dentro de temperaturas viables. La tierra recibe y utiliza la energía solar, y parte vuelve a la atmósfera. Los "gases de invernadero" absorben esta energía evitando que escapen de retorno al espacio, calientan tanto la tierra como el aire, y la energía solar queda atrapada por los gases, del mismo modo en que el calor queda atrapado detrás de los vidrios de un invernadero, por lo que se lo denomina "efecto invernadero", descripto por primera vez por Fournier en 1827.


El agua es un elemento básico para la vida, pero 1,1 billones de personas no tienen acceso a aguas seguras y 2,4 billones a condiciones básicas de saneamiento. La diarrea infantil continúa siendo la causa mundial más frecuente de muerte. Predecir los impactos potenciales del cambio climático en estas enfermedades es complicado, debido a que el acceso al agua y los alimentos seguros está determinado por condiciones socioeconómicas locales. La escasez de agua lleva al uso de fuentes inapropiadas con el aumento del riesgo de infección. Los alimentos también son fundamentales para la vida. La OMS muestra que 800 millones de personas están malnutridas. El aumento de la población mundial crea el consecuente incremento de la demanda de alimentos, deforestación de bosques y uso de cultivos intensivos que aumentan la producción de gases con efecto invernadero.


Las enfermedades infecciosas frecuentemente se presentan en forma de brotes. Algunas tienen ciclos epidémicos independientes de factores externos, como el sarampión, otras requieren de la combinación de factores tanto intrínsecos como ambientales. Aun en las situaciones en donde la asociación entre clima y enfermedad parecería ser muy fuerte, resulta importante considerar que los factores no relacionados con el clima también pueden tener impacto sobre el momento y gravedad de un brote. Entre los determinantes más importantes de vulnerabilidad poblacional se encuentra el nivel nutricional e inmunológico de la población y el antecedente de exposición a la infección. Está demostrado que, incluso bajo situaciones ideales de epidemia, para que ello ocurra, es necesaria una determinada cantidad de personas susceptibles. Existen otros factores extrínsecos que tienen que ver con el comportamiento humano, posibilidades de acceso sanitario, habitacionales, migraciones y trabajos.



Un ejemplo es el impacto que produce la deforestación en la prevalencia de enfermedades transmitidas por vectores, como paludismo, leishmaniasis y fiebre amarilla, donde las intervenciones provocan un cambio forzoso del hábitat natural del vector, desplazándolo de las áreas rurales a las urbanas, o bien exponiendo al hombre a la adquisición. El cambio climático perturba los ecosistemas naturales y favorece las condiciones ideales para la propagación de las infecciones y epidemias, principalmente relacionadas a vectores, agua y alimentos. Como muchas de las enfermedades infecciosas están en relación directa con las características geográficas y estacionales, la utilización de parámetros climáticos como indicadores predictivos de enfermedad es de interés. Resultados que deberán ser interpretados en su contexto y con precaución. Sin olvidarnos de que existe una fuerte evidencia sobre la influencia antropológica en la interacción clima-enfermedad, como es el ejemplo de las migraciones de grupos poblacionales vinculadas con catástrofes climáticas que se relacionan con epidemias locales.


Desde 1990, el aumento en la precisión de los sistemas de predicción climática, conocimientos epidemiológicos y la mejor comprensión de las interacciones entre el clima y las enfermedades infecciosas, motivó la necesidad de desarrollar modelos predictivos de cambios en las enfermedades infecciosas con características epidémicas. Uno de los sistemas de vigilancia epidemiológica que permiten predecir la aparición de brotes es el publicado por la OMS en al año 2005, denominado "early warning system model"(EWS), realizado con el objetivo de lograr una rápida identificación de los brotes epidémicos, como primer paso importante para la implementación de intervenciones eficaces. Este sistema incorpora información relacionada con el clima, medio ambiente y además utiliza sistemas de información geográfica (SIG), que posibilitan predecir a través de modelos matemáticos la aparición de las epidemias, lo cual permite individualizar la sensibilidad de las distintas enfermedades infecciosas a la variabilidad climática e identificar aquellas para las cuales las predicciones climáticas ofrecerían el mayor potencial de control de la enfermedad.


La mayoría de los expertos coinciden en que las enfermedades infecciosas más frecuentes, en especial las transmitidas por vectores, son altamente sensibles a las variaciones climáticas. De acuerdo a los resultados obtenidos del EWS, respecto del riesgo epidémico y la sensibilidad a las variaciones climáticas, el paludismo dentro de las enfermedades transmitidas por vectores y el cólera entre las relacionadas con el agua y los alimentos, fueron aquellas enfermedades donde se observó una fuerte asociación entre el factor de variación climática y la epidemia. En otras enfermedades, la variación climática tuvo un rol importante, pero no determinante, como en leishmaniasis, dengue, encefalitis virales y meningitis meningocócica, donde aparecen además otros factores relacionados con la epidemia. En el caso de fiebre amarilla, influenza y diarrea, la influencia de la variación climática fue moderada, muy baja para Chagas, parasitosis intestinales, esquistosomiasis y Lyme, y nula para tuberculosis.




¿Cómo interviene el clima en las enfermedades infecciosas?: El impacto climático sobre las enfermedades infecciosas está principalmente relacionado al comportamiento humano, efectos sobre el patógeno y el vector que provocan la enfermedad. Las distintas temperaturas y estaciones del año condicionan cambios en el comportamiento humano, como trabajos, esparcimiento y movilizaciones. Por ejemplo, el aumento de la transmisión del virus de la gripe en invierno donde la gente busca lugares cerrados, o el pico de incidencia de gastroenteritis durante el verano cuando se acostumbra a estar fuera del hogar.Existe una relación directa entre los factores climáticos y los patógenos que provocan enfermedades infecciosas. La mayoría de los virus, parásitos y bacterias no pueden desarrollarse por debajo de ciertos límites de temperatura, como es el caso de Plasmodium falciparum, que requiere temperaturas mayores a 18ºC para desarrollarse. La distribución geográfica y la dinámica poblacional de las enfermedades vectoriales se relacionan con los patrones de temperatura, lluvias y humedad.


El dengue es la enfermedad viral más frecuente en el mundo. Aedes aegypti está bien adaptado al medio urbano, pero no resiste la desecación. La expansión del área de distribución del Aedes y del dengue están favorecidos por el aumento de la humedad y la temperatura, como de las lluvias, generados por el cambio climático. El calentamiento mundial, influye en la aparición del dengue, tanto por el aumento de las temperaturas y precipitaciones cuanto por los fenómenos de deforestación, como en Tartagal (Salta), donde el desmoronamiento producido por las lluvias en regiones deforestadas empeoró la condición epidemiológica. El mayor desarrollo del Aedes en Bs As, aparecía luego de varios meses con temperaturas sobre los 20ºC y lluvias acumuladas por sobre los 150 mm. Un marcado descenso se observó por debajo de los 16,5ºC y no se observó desarrollo por debajo de los 14,8ºC. Los cambios en la incidencia del dengue no son exclusivamente climatológicos, existe otros factores relacionados, como la disminución de las medidas de control del vector y fenómenos de urbanización no planificada que alteran el hábitat del mosquito. Ejemplos actuales del avance de las enfermedades vectoriales son la aparición de brotes de dengue en Sudamérica y la aparición de patologías reemergentes o emergentes en zonas inhabituales, como la fiebre amarilla y la leishmaniasis visceral en nuestro país.


El acceso a agua potable y a medios adecuados de saneamiento está ligado directamente a la salud humana y al desarrollo. Si bien el porcentaje de personas con acceso a alguna forma de abastecimiento de agua tratada se elevó del 79% en 1990 al 82% en 2.000, más de mil millones de personas en el mundo carecen de acceso a un suministro fijo de agua para consumo. Hay 2,4 mil millones de personas -más de un tercio de la población mundial- que no tienen acceso a un saneamiento adecuado. Los resultados son devastadores. Más de 2,2 millones de personas, en su mayoría en los países en vías de desarrollo, mueren cada año por enfermedades asociadas a condiciones deficientes de agua y de saneamiento. 6,000 niños mueren cada día de enfermedades que pueden prevenirse mejorando las condiciones de agua y de saneamiento. Más de 250 millones de personas sufren de dichas enfermedades cada año.




El 70% de la superficie mundial está cubierto por agua, pero el 97,5% del agua se encuentra en mares y océanos, es decir, es agua salada. La mayor concentración de agua dulce se encuentra congelada en los casquetes polares (2,0%) y en el agua subterránea almacenada hasta los 1.000 m de profundidad (0,5%) superando el agua fácilmente accesible de lagos y ríos del mundo. La distribución de agua dulce en el planeta no es equitativa. Aunque muchas regiones cuenten aún con agua suficiente para cubrir las necesidades de cada individuo, se requiere que ésta sea manejada y usada adecuadamente. El agua tiene su propia dinámica en el denominado ciclo hidrológico. A medida que el hombre ha modificado el ciclo natural para poder utilizar el agua para su provecho, se han generado diferentes ciclos artificiales o antrópicos del agua que no sólo modifican su circulación, sino que implican una modificación de sus características, ya que en estos nuevos ciclos el agua ve alterada su calidad. El agua dulce es un recurso renovable a través del ciclo hidrológico natural pero es finito. La contaminación generada por efectos antrópicos agudiza su escasez. En el mundo de hoy, se gastan y utilizan de manera ineficiente grandes cantidades de agua y, a menudo, la demanda está creciendo mucho más rápido de lo que la naturaleza nos puede abastecer. Mientras que la competencia por los recursos hídricos puede ser fuente de conflicto, la historia nos ha mostrado que el agua compartida también puede ser un catalizador para la cooperación.


En la actualidad, cerca del 40% de la población mundial vive en áreas con problemas hídricos de un nivel moderado-alto. Se estima que para el año 2025 aproximadamente dos tercios de la población mundial, es decir 6 mil millones de personas, vivirán en áreas que enfrenten dichos problemas hídricos. El uso del agua se ha incrementado seis veces durante el último siglo, más del doble de la tasa de crecimiento demográfico. Las pérdidas de agua debido a filtraciones, conexiones clandestinas y desechos suman cerca del 50% de la cantidad de agua que se usa para beber en los países en vías de desarrollo. Alrededor del 90% de las aguas servidas y el 70% de los desechos industriales en los países en vías de desarrollo se descargan sin tratamiento alguno, provocando con frecuencia la contaminación del suministro de agua para consumo.


Los ecosistemas de agua dulce han sido severamente dañados: se han perdido cerca de la mitad de los humedales del planeta y más del 20% de las 10.000 especies conocidas de agua dulce en el mundo se han extinguido. A cualquier hora, la mitad de las camas de los hospitales del mundo están ocupadas por pacientes que sufren de enfermedades relacionadas con el agua. En América Latina y el Caribe, actualmente con una población de casi 500 millones de personas, cerca del 85% de la población cuenta con servicios de agua potable, ya sea con conexión o con fácil acceso a una fuente pública. Estas estimaciones de la cobertura sugieren que los niveles de servicio son relativamente altos. Sin embargo, no hay equidad en el acceso y uso de estos servicios y se observan grandes disparidades entre zonas urbanas y rurales. En cuanto al saneamiento, el problema es aún más preocupante, pues 37 millones de habitantes urbanos y 66 millones de habitantes rurales carecen de estos servicios básicos. Solamente el 13,7% de las aguas residuales procedentes de 241 millones de habitantes, cuyas viviendas están conectadas a redes de alcantarillado, recibe algún tratamiento, lo que significa que aproximadamente las aguas servidas procedentes de 208 millones de habitantes son descargadas a los cuerpos receptores sin tratamiento alguno. 



América del Sur produce alrededor del 26% de los recursos hídricos mundiales. Tiene una moderna red hidrológica con cerca de 6.000 estaciones. El promedio de precipitaciones es de 1.600 mm por año. Las precipitaciones pueden ser muy escasas (20 mm/año en el desierto de Atacama) o muy abundantes (4.000 mm en los Andes al Sur de Chile). El Amazonas es el mayor río del mundo pero el Río de la Plata, el Orinoco, el Paranaiba y el San Francisco también son muy importantes. La descarga promedio en América del Sur para el período 1921-1985 se estimó en 12.000 km3 por año. Hay acuíferos, lagos y reservorios muy grandes y productivos pero la alta densidad de población en ciertas zonas y la falta de tratamiento de los vertidos urbanos causan problemas de contaminación.








"SOMOS LO QUE HACEMOS REPETIDAMENTE. EXCELENCIA, POR LO TANTO, NO ES UN ACTO SINO UN HABITO"

ARISTOTELES



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martes, 20 de octubre de 2015

CAMBIO CLIMÁTICO Y PATÓGENOS EMERGENTES EN LAS ETA DEL SIGLO XXI (Parte 1)

"Los lugares más obscuros del Infierno, están reservados para los que mantienen su neutralidad en épocas de crisis moral" 
(La Divina Comedia - Dante Alighieri)


Cambio Climático y Patógenos Emergentes en las ETA del siglo XXI
(Parte 1)

En éste ensayo de mi autoría, el cual pensaba exponer en un Seminario Internacional  y que por impostergables razones personales y de fuerza mayor me viera en la imposibilidad de asistir, quiero poner hoy en la consideración de todos mis lectores a lo largo de casi diez entregas para compartir juntos un entramado tema que no solo no debe soslayarse, sino que debe dársele toda la seriedad que el caso requiere, pues el planeta y todos nosotros, estamos en un camino sin retorno, consumiendo 1 1/2 planetas por año.........una autodestrucción premeditada o una estupidez mayúscula de los grandes centros del poder económico?   Se los dejo para meditarlo juntos y tratar de salir adelante, no les parece?


1. Cambio Climático y Seguridad Alimentaria


Existe un consenso cada vez mayor sobre la idea de que la actividad humana puede estar cambiando nuestro clima. Estos cambios tienen unas cuantas posibles repercusiones en el bienestar y la salud humana, pudiendo estar entre ellas la seguridad de los alimentos. Desde el siglo XVIII, las actividades humanas han emitido una gran cantidad de gases a la atmósfera, como dióxido de carbono y metano. La gran mayoría de estos gases proviene de la quema de combustibles fósiles, de los procesos industriales y de la deforestación. Se calcula que las emisiones de gases procedentes del sistema alimentario se sitúan entre un 19% y un 29%, según datos de la OMS en 2014. La acumulación de estos gases (conocidos como gases de efecto invernadero) en la atmósfera, retiene energía y actúa como un manto alrededor de la Tierra. A pesar de que una minoría no comparta esta teoría, el fenómeno (conocido como efecto invernadero) se considera la causa del incremento de la temperatura media en la atmósfera terrestre o calentamiento global.



Este efecto puede influir en el clima terrestre y alterarlo, produciendo así un cambio climático. El último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) afirmaba que el calentamiento del clima es innegable, la influencia humana es indiscutible y limitar este cambio climático requerirá una reducción considerable y prolongada de los gases de efecto invernadero. El cambio climático es un variación importante y duradera en la condiciones climáticas. Estos cambios nos pueden llevar a acontecimientos meteorológicos más extremos, como sistemas de tormentas más poderosos, una mayor frecuencia de fuertes lluvias y periodos más largos de sequías.



El aumento global de las temperaturas también puede tener como resultado el deshielo de los casquetes polares, un aumento del nivel del mar, la acidificación de los océanos, inundaciones costeras y la alteración de las corrientes marinas. Las previsiones recientes del IPCC indican que la temperatura aumentara en 1,5ºC o más en algunas partes de mundo de aquí a finales del siglo XXI. Las posibles implicaciones del cambio climático en la disponibilidad y el acceso a los alimentos, es decir, la seguridad alimentaria, se han debatido e investigado ampliamente. El cambio climático se percibe generalmente como un impacto negativo en la seguridad alimentaria, sobre todo en países en desarrollo. Al contrario que la seguridad alimentaria, las posibles repercusiones del cambio climático en la seguridad de los alimentos son un ámbito emergente de investigación.


La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés) ha identificado el cambio climático como impulsor de nuevos riesgos en la seguridad de los alimentos a mediano y largo plazo. Mejorar nuestro conocimiento sobre los posibles efectos del cambio climático en la seguridad de los alimentos es crucial si tenemos en cuenta el impacto que pueden tener en la seguridad alimentaria. La capacidad de los agentes patógenos (bacterias, virus, parásitos) para sobrevivir y crecer depende del medioambiente, de factores como la temperatura y la humedad. Muchos patógenos de los alimentos, como los géneros Salmonella y Campylobacter, crecen mejor en ambientes cálidos y húmedos. Además, muchas enfermedades transmitidas por alimentos también presentan cambios estacionales en prevalencia. El aumento de la temperatura y la humedad, y las condiciones meteorológicas extremas, afectarán la capacidad de supervivencia o de crecimiento de muchas bacterias patógenas de los alimentos.



Algunos de estos cambios podrían ser tanto positivos como negativos para la seguridad de los alimentos; por ejemplo, el aumento o la disminución de la capacidad de supervivencia o crecimiento de patógenos en los mismos, como ya hemos mencionado. A manera de ejemplo, en los últimos años, Chile ha sido marcado por un déficit de precipitaciones que ha disminuido las reservas de aguas y afectado los suelos a lo largo del país. Según datos de la Dirección Meteorológica, el período entre 2003 y 2013 ha sido la década más seca desde 1866 para la zona central que comprende desde la región de Coquimbo hasta Biobío y 2013 se perfiló como el quinto año consecutivo de déficit pluvial en la zona. Si bien la sequía es un fenómeno que ocurre regularmente en Chile, expertos señalan que dada la prevalencia de esta reducción de las precipitaciones, no sólo los suministros de agua para la sociedad se han visto afectados sino que también la flora y fauna del territorio nacional.


El cambio climático puede influir también en la velocidad de transmisión de patógenos de los alimentos; por ejemplo, las temperaturas más altas en verano e inviernos más templados pueden aumentar la abundancia de plagas, como insectos y roedores, que pueden transmitir patógenos en los alimentos. De igual modo, un exceso de lluvia que provoque inundaciones puede ayudar a transportar patógenos de los alimentos a los cultivos agrícolas. Así, el cambio climático puede alterar la incidencia de enfermedades alimentarias o la capacidad que tienen los patógenos de causar enfermedades. Otras posibles repercusiones del cambio climático pueden ser: La aparición de nuevos riesgos microbianos por cambios en los tipos de cultivos y las prácticas agrícolas relacionadas (por ejemplo, un mayor uso de residuos de animales sin tratar como fertilizantes).


La resistencia antibiótica puede ser causada por cambios espontáneos en la composición genética de una célula o por el traslado estable de elementos genéticos móviles transferidos entre microorganismos. El impacto del cambio climático podría ser más evidente en los patógenos de los alimentos con menores dosis infecciosas (es decir, menos células causarían la enfermedad), pues pequeños cambios en el número o en la distribución podrían aumentar las enfermedades alimentarias. Cambios en la naturaleza, el nivel y la transmisión de algunos productos químicos contaminantes y tóxicos pueden afectar la seguridad de nuestros alimentos. El cambio climático puede también modificar las prácticas agrícolas. Lo que se cultiva y la manera en que se cultiva cambiará en distintos países. El tipo y la abundancia de plagas (insectos y roedores, entre otros) y malas hierbas también cambiará. Esto puede modificar el tipo, nivel y uso de productos químicos (como pesticidas) y fertilizantes que se usan en los cultivos. Sin embargo, el uso de productos químicos en los cultivos europeos está estrictamente regulado y controlado para asegurar la inocuidad de estos alimentos. Algunas toxinas, como las micotoxinas, están compuestas por hongos que crecen en los cultivos, y podemos consumirlas directamente de estos o indirectamente a través de productos de origen animal (como carne o leche) que han consumido previamente piensos contaminados.


La producción de estas toxinas se puede ver afectada por la temperatura y las condiciones de humedad. Por ejemplo, las Unidades de Riesgos Emergentes de la EFSA han identificado patrones de cambio en la contaminación de la micotoxinas en cultivos de cereales como el trigo, el maíz y el arroz. Las micotoxinas pueden usar un amplio abanico de efectos tóxicos tanto en animales como en humanos. Algunas de las micotoxinas más comunes son cancerígenas, genotóxicas o pueden atacar órganos específicos, como el riñón o el hígado. El aumento en las temperaturas oceánicas también puede influir en el crecimiento de algas peligrosas que pueden producir biotoxinas marinas y que se concentran en moluscos (por ejemplo, mejillones y almejas) y algunos peces comestibles, pudiendo causar enfermedades en humanos si se consumen. Recientemente se detectó un brote de intoxicación por ciguatera que afectó a 10 personas en las islas Canarias debido a la ingesta de pescado en mal estado. La intoxicación por ciguatera se puede producir al consumir algunas especies de pescado en las que el plancton puede haber producido ciguatoxina que se acumula en la carne del producto que lo haya consumido. Es imposible evaluar con certeza la repercusión real del cambio climático en la seguridad de los alimentos. Sin embargo, parece ser que se notarán algunos riesgos microbiológicos y químicos. El alcance del problema de estos riesgos dependerá de su tipo y de las condiciones y prácticas locales. Existe incertidumbre al respecto porque no poseemos toda la información sobre los riesgos que puede plantear el cambio climático en la seguridad de los alimentos. Por lo tanto, se necesita no solo mantener, sino revisar y mejorar la infraestructura actual de seguridad alimentaria en toda Latinoamáerica.


Esto requerirá una inversión prolongada en vigilancia y control de los alimentos, así como una evaluación de riesgos, gestión y comunicación. Las enfermedades emergentes y reemergentes se han constituido en un problema de salud pública a nivel mundial. Una enfermedad emergente es aquella que aparece en una población por primera vez o que, habiendo existido previamente presenta un rápido incremento de su incidencia o de su distribución geográfica (OMS). La pandemia de la infección por VIH representa el prototipo de una enfermedad infecciosa nueva y emergente cuyo impacto en la salud pública no se había experimentado previamente. Las enfermedades reemergentes son aquellas que eran conocidas y que representaron un problema de salud pública en el pasado, las cuales han crecido o incluso reaparecido en los últimos años. Las pandemias del virus influenza A de 1918, 1957 y 1968 ó la reaparición de la tuberculosis en la década de 1980 son prototipos de enfermedades reemergentes. 



Los factores que influyen en estas patologías son variados y están especialmente relacionados a cambios en los agentes causales, a cambios en el medio, a modificaciones de los hospedadores susceptibles y a las políticas de salud. Los agentes causales pueden explicar la emergencia o reemergencia al cambiar, ya por selección o mutación, o por adaptarse a nuevos hospedadores; los cambios en el medio pueden ser consecuencia de cambios climáticos, de cambios en los patrones del uso de la tierra, incluyendo las invasiones a nichos ecológicos por los hombres, o a procesos derivados de la tecnología y la industria. Los cambios en los hospedadores generalmente están relacionados a modificaciones demográficas y de comportamiento. Las políticas de salud, cuando se abandonan o se reducen a un mínimo, pueden conducir a la reaparición de enfermedades que estaban controladas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió en su informe del 2014 que las enfermedades infecciosas estaban surgiendo a un ritmo que no se había visto antes.



Desde los años setenta, se han descubierto unas 40 enfermedades infecciosas incluyendo el Síndrome Agudo Respiratorio Severo (SARS), el ébola, la gripe aviar y la gripe porcina. El potencial que las enfermedades infecciosas emergentes tienen para propagarse rápidamente y causar epidemias mundiales es una preocupación de gran importancia, ya que la gente viaja con mucha más frecuencia y a mayor distancia que en el pasado. Además, existe el riesgo de que surjan estas enfermedades como consecuencia de la introducción deliberada de agentes infecciosos en espacios o escenarios donde usualmente no ocurren con fines terroristas. Ejemplo de ello fue la utilización de esporas de Bacillus anthracis para contaminar cartas enviadas por correo en el 2001 en los Estados Unidos. Debido a la gran diversidad de los patógenos emergentes y reemergentes, la vigilancia de las tendencias que manifiestan estas enfermedades infecciosas debe intensificarse. Y, dado que alrededor del 75% de los patógenos que ocasionan enfermedades emergentes o reemergentes utilizan algún vector u hospedador animal, la vigilancia debe extenderse más allá de las poblaciones en riesgo y abarcar los posibles reservorios de estos animales. Para que una enfermedad emergente se establezca tienen que suceder al menos dos eventos: el agente infeccioso tiene que ser introducido en una población vulnerable y, además, el agente tiene que tener la capacidad de propagarse fácilmente y causar la enfermedad. La infección también tiene que ser capaz de sostenerse dentro de la población, con lo cual cada vez serían más las personas infectadas.



La globalización del procesamiento de los alimentos y de los centros de suministro ha posibilitado la expansión de brotes de enfermedades microbianas transmitidas por los alimentos, cuyo origen puede estar en un lote contaminado de alimentos procesados o frescos, una remesa de alimentos mal manipulados o distribución de productos frescos cargados de bacterias. El CDC estima que cada año en EEUU las enfermedades infecciosas transmitidas por los alimentos causan aproximadamente 76 millones de enfermos, 350000 hospitalizaciones y 50000 muertes. El cambio climático se está convirtiendo en un factor de gran preocupación en la aparición de enfermedades infecciosas, debido al calentamiento de la Tierra el clima y los hábitats se alteran, por lo que estas enfermedades pueden extenderse a nuevas zonas geográficas.



Las posibilidades de sus grandes cambios genéticos y su paso a los seres humanos se incrementan cuando los seres humanos conviven en estrecha proximidad con los animales agrícolas, tales como pollos, patos y cerdos. Estos animales son huéspedes naturales del virus de la gripe y en ellos se pueden crear versiones nuevas de la gripe que no hayan existido anteriormente. La aparición de nuevas epidemias asociadas a enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes se está produciendo a un ritmo sin precedentes. En cuanto a las medidas de control, éstas pueden ir dirigidas a reducir o controlar las fuentes de infección, interrumpir la conexión entre las fuentes y los individuos susceptibles, aislar los individuos susceptibles y elevar el grado general de inmunidad de grupo mediante la inmunización.  El control de una enfermedad infecciosa se basa en gran medida en una red bien definida de microbiólogos clínicos, enfermeros, médicos y personal de control de infecciones que proporcionen información epidemiológica a una red de organizaciones locales, nacionales e internacionales. Estos individuos y organizaciones integran el sistema de salud pública. Por ejemplo, cada estado posee un laboratorio de salud pública que participa en la vigilancia y control de las enfermedades.



La sección de enfermedades transmisibles de un laboratorio estatal comprende servicios especializados de laboratorio para examinar muestras o cultivos enviados por médicos, departamentos locales de salud pública, hospitales, personal sanitario, epidemiólogos y otros. Estos grupos comparten sus hallazgos con otras agencias relacionadas en la salud en el estado, con centros como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Centro de Prevención y Control de Enfermedades (CDC). En definitiva, las medidas preventivas se basan en el establecimiento de un sistema de vigilancia orientado a detectar la presencia de las enfermedades emergentes y reemegentes a tiempo para tomar medidas de control adecuadas, evitando o mitigando así los devastadores efectos que estas enfermedades podrían causar.


Es evidente que la población humana está continuamente enfrentándose a enfermedades infecciosas nuevas como a la reemergencia de viejas enfermedades, una vez que éstas ya se consideraban superadas. Muchos son los factores que favorecen la emergencia y reemergencia de estas enfermedades, pero es indudable que los característicos del mundo moderno en el que vivimos favorecen la expansión y desarrollo de estos microorganismos patógenos y sus enfermedades. El cambio climático puede exacerbar muchas de las amenazas que enfrentan las poblaciones humanas, particularmente en los países de pocos recursos. Estas amenazas incluyen: escasez de agua y de alimentos debido a eventos climáticos extremos, olas de calor, propagación de enfermedades transmitidas por vectores y por el agua. Actualmente pocos científicos dudan de la existencia de un cambio climático global.  A pesar de que el aumento registrado en la temperatura en las últimas décadas y la frecuencia e intensidad de los eventos extremos no rebasa aún los límites de una “variabilidad climática”, todo apunta hacia la existencia de un “cambio climático” de origen antropogénico. Las actividades humanas han contaminado la atmósfera alterando la concentración de gases como el bióxido de carbono (CO2), el metano (CH4), el óxido nitroso (N2O) y el vapor de agua. Estos gases se denominan comúnmente Gases de efecto invernadero” (GEI) y son indispensables para la vida terrestre ya que sin su presencia la mayor parte de la superficie del globo terráqueo estaría congelada.



Sin embargo, las actividades humanas de la era industrial han causado un aumento, especialmente en la concentración de CO2 , provocando que más calor quede atrapado en la atmósfera, lo que produce un calentamiento global de la superficie de nuestro planeta.
Las consecuencias proyectadas por los modelos computacionales de cambio climático son las siguientes: calentamiento de los océanos, desaparición de glaciares, elevación del nivel del mar, aumento en la frecuencia e intensidad de eventos climatológicos extremos debido a una mayor evaporación de agua y superficies oceánicas más calientes, entre otros. Sin embargo, existe otro tipo de predicciones que no son tan frecuentemente mencionados pero que resultan igualmente preocupantes: el calentamiento global y otras alteraciones climatológicas pueden provocar cambios en la distribución e incidencia de enfermedades. La relación entre clima y salud humana puede ser compleja y difícil de establecer. Hoy en día, un clima cada vez más inestable, la pérdida acelerada de biodiversidad y la desigualdad socio-económica afectan la resistencia de los sistemas naturales. Los cambios en el uso del suelo afectan la distribución de los agentes portadores de enfermedades como los roedores y los insectos, mientras que el clima incide directamente en la duración e intensidad de los brotes de enfermedades.



De esta manera, padecimientos como la malaria, la peste, el dengue o el síndrome pulmonar hantavirus, entre otros, han reaparecido o se han intensificado en diversas partes del mundo. Los impactos negativos a la salud humana pueden darse por vía directa, como en el caso de olas de calor y aumento de la contaminación exacerbada por el aumento en la temperatura o los daños físicos causados por eventos extremos, o por vía indirecta, como resultado de sequías, inundaciones y cambios climáticos que causan condiciones favorables para los agentes infecciosos, virus, bacterias o parásitos y sus agentes transmisores llamados “vectores”. Las temperaturas extremas, tanto altas como bajas, pueden causar disturbios fisiológicos y daños a diferentes órganos provocando enfermedad o la muerte en los seres humanos. Una de las consecuencias más seguras y directas del cambio climático es un aumento en la morbilidad y la mortalidad humanas en períodos de clima extremosos como son las olas de calor. La letalidad de una ola de este tipo aumenta si ocurre al principio del verano (cuando la población todavía no ha podido aclimatarse al calor), si es de larga duración y si hay temperaturas nocturnas elevadas. Estos efectos son peores en las ciudades debido al “efecto de isla de calor urbano” que involucra la liberación nocturna del calor almacenado durante el día en el cemento y los materiales metálicos urbanos. Las personas mayores con problemas cardíacos o respiratorios son particularmente vulnerables porque el calor extremo puede exacerbar estas condiciones preexistentes. 



La falta de acceso a sistemas de aire acondicionado aumenta también el riesgo de muerte por calor lo que introduce un factor socio-económico. La contaminación del aire provoca también una serie de consecuencias serias para la salud y un aumento en la temperatura puede incrementar la formación de contaminantes secundarios como el ozono en la troposfera (parte baja de la atmósfera). El cambio climático podría causar un aumento en la frecuencia de periodos muy calurosos combinados con altas concentraciones de contaminantes dando lugar a cierta sinergia entre los efectos negativos de ambos fenómenos. El calor prolongado también puede provocar un aumento en la dispersión de alergenos, como esporas de hongos y polen, incrementando las reacciones alérgicas y asma. Por otra parte, está demostrado que una mayor proporción de radiación ultravioleta de origen solar alcanza actualmente la superficie terrestre debido a la disminución del ozono en la estratosfera (parte alta de la atmósfera). Aunque la causa básica de la destrucción de la capa de ozono es la presencia de clorofluorocarbonos (CFC) y es ajena a la concentración de gases de efecto invernadero en la parte baja de la atmósfera, existen interacciones químicas y físicas entre estos dos fenómenos.



Podría de hecho darse una interacción entre el cambio climático y una exposición mayor a los rayos ultravioletas y afectar de manera negativa la salud humana. Se anticipa que una exposición mayor a estos rayos causará mayor incidencia de cáncer de piel en poblaciones de piel clara, lesiones oculares como cataratas, y posiblemente también debilitará al sistema inmune, lo que tendría graves implicaciones para el riesgo de enfermedades infecciosas y respuestas a vacunaciones. Los eventos climatológicos extremos, como las sequías y las inundaciones, tienen impactos serios sobre la salud humana. La vulnerabilidad de la población a estos eventos está aumentando debido al crecimiento acelerado de la población, el aumento en los asentamientos humanos y la pobreza persistente. Se anticipa que el cambio climático provocará transformaciones en el patrón de inundaciones y sequías; sin embargo, no se sabe en qué grado se alterará la frecuencia de estos eventos climatológicos. Los mayores impactos a la salud, además de la posibilidad de ahogarse o lesiones físicas, son los daños a las tierras agrícolas y asentamientos así como la contaminación del agua potable que resultan de las inundaciones.



Esto implica un empobrecimiento del estado nutricional, especialmente en los niños, un aumento en las enfermedades diarreicas y respiratorias por condiciones de poca higiene, impactos a la salud mental e incluso liberación y diseminación de compuestos químicos peligrosos de sitios de acopio debido al aumento de las aguas. Por otro lado, se estima que el nivel del mar se elevará como consecuencia del cambio climático. Este aumento ocurriría de manera no uniforme debido a diferencias regionales en el nivel de calentamiento, diferencias en la circulación oceánica y la geomorfología de las zonas costeras. Hoy en día, más de la mitad de la población mundial vive a una distancia promedio de 60 km del mar. Su aumento podría tener una serie de impactos en la salud que incluyen intrusión de agua salada en fuentes de agua potable y agua para la agricultura además de los ya mencionados anteriormente, como el aumento de enfermedades causadas por vectores, muertes, daños físicos, y desnutrición.


El clima juega un papel muy importante en las enfermedades causadas por vectores como los mosquitos, las garrapatas, las pulgas, las moscas y otros insectos. Estos vectores de sangre fría son extremadamente sensibles a los efectos directos del clima como temperatura, patrones de precipitación y viento, ya que influyen en su comportamiento, desarrollo y reproducción. Si el cambio climático mejora la longevidad, aumenta la reproducción, aumenta la frecuencia de piquetes de estos insectos a la población o altera sus rangos de distribución, puede ocurrir un aumento en la cantidad de gente infectada. El aumento en el calor no es el único causante del incremento en las infecciones transmitidas por vectores: también las inundaciones y las sequías causadas por el cambio climático permiten condiciones adecuadas para el desarrollo de insectos; por ejemplo, el agua queda estancada formando charcos que son incubadores ideales para mosquitos. Un cambio en la redistribución de los agentes infecciosos y sus portadores pueden ser los primeros signos de una amenaza debida a un cambio climático. La malaria es una enfermedad ancestral transmitida por un mosquito (Anopheles) el agente portador de un protozoario (Plasmodium), agente causal de la enfermedad.



La malaria está mucho más extendida hoy que hace 20 años: cada año alrededor de 500 millones de personas en el mundo contraen la enfermedad de las cuales más de un millón mueren, especialmente niños. África es el continente más afectado, donde ocurren el 90% de las muertes por esta enfermedad. Los mosquitos han desarrollado resistencia a los insecticidas y el parásito es resistente a los medicamentos más comunes; por el momento no existen vacunas, ni se prevé que existan en un futuro cercano. Todo lo anterior hace que la malaria sea uno de los principales problemas de salud pública a nivel mundial. La incidencia de esta enfermedad es sumamente sensible a los cambios locales en la temperatura y la precipitación anuales.


Por lo tanto, se han hecho investigaciones para tratar de establecer el impacto del cambio climático sobre su dinámica y su transmisión. Se predice que un calentamiento global causará la transmisión de malaria a mayores altitudes y latitudes. Actualmente ya se puede encontrar en las tierras altas de África central, en donde anteriormente no se presentaba esta enfermedad. Sin embargo, aunque una buena parte de las epidemias ocurridas en diferentes partes del mundo en estos últimos años han sido iniciadas por aumentos transitorios en la temperatura y/o precipitación, es aún difícil decir si el cambio climático a largo plazo es un factor importante en la presencia de malaria en tierras altas. Lo que parece real es que los cambios ecológicos aunados a una mayor variabilidad climática y una tendencia al calentamiento jugar papeles cada vez más importantes en la propagación de esta enfermedad.



El dengue o fiebre “quebrantahuesos” es una enfermedad viral también transmitida por un mosquito, con síntomas que se parecen a una fuerte gripe y que en algunos casos causa sangrado interno que conduce a la muerte. Esta enfermedad aflige actualmente a unos 100 millones en las regiones tropicales y subtropicales, especialmente en las áreas urbanas y sus alrededores. El dengue se ha extendido en el continente americano alcanzando a la ciudad de Buenos Aires en la década de los 90. Esta enfermedad, anteriormente limitada por umbrales de temperatura a bajas altitudes, ya se ha detectado en ciudades de tierras altas: por ejemplo, en Taxo, México, por encima de los 1500 m sobre el nivel del mar. La conexión entre las condiciones climatológicas y la transmisión del dengue y sus epidemias, no es todavía muy clara. Los estudios preliminares han mostrado una relación entre el fenómeno de El Niño y la incidencia de dengue en los países en donde éste tiene un efecto importante sobre el clima.

Los brotes ocasionales de enfermedades por microorganismos oportunistas son provocados en gran medida por la secuencia de extremos en el clima. Es la variabilidad climática exacerbada que acompaña al calentamiento global (más que el aumento en la temperatura en sí) lo que favorece la aparición de epidemias. Por ejemplo, inviernos templados seguidos de veranos calientes y secos favorecen el ciclo que se da entre reservorio natural, agente transmisor y ser humano. Siguiendo esta secuencia, diferentes tipos de mosquitos pueden transmitir fiebre amarilla, enfermedad viral equivalente al dengue que ocurre en las selvas de África y Sudamérica. Varios tipos de encefalitis, como la encefalitis equina, la encefalitis de St. Louis, o la causada por el virus del Nilo oeste, enfermedades que brotan de manera ocasional y localizada cuando se dan las condiciones favorables. Estas enfermedades se han vuelto importantes problemas emergentes o resurgentes de salud pública en los últimos años.



Los roedores también son transmisores de enfermedades oportunistas, lo cual se tienen nidadas enormes, sus cuerpos pequeños, su gran apetito y sus mecanismos bien desarrollados de dispersión frente a una amenaza.Los búhos, coyotes y serpientes, entre otros, son los predadores naturales de los roedores. En un medio ambiente estable los predadores mantienen a las poblaciones de roedores bajo control. Pero, como se mencionó anteriormente, condiciones climatológicas extremas durante largo tiempo y fluctuaciones muy importantes en el clima pueden saturar la resistencia de un ecosistema.  La idea del proceso del cambio climático global por causas no naturales y su impacto sobre el medio ambiente mundial, aunque no unánime, está muy extendida y aceptada dentro de la comunidad científica. Sin embargo, hay una mayor incertidumbre sobre los efectos específicos de esta alteración de los parámetros climáticos en el planeta. Esto se debe a las diferencias científicas en las predicciones de las emisiones de gases de efecto invernadero y entre los modelos que se utilizan para estimar el clima en el futuro. 



Estos indican un calentamiento de la temperatura global de 1,8°C a 4°C para el año 2100, aunque se prevé que el impacto será mayor hacia los polos y en las zonas continentales interiores. La precipitación también varía por estos cambios climáticos en mayor o menor medida según los modelos de predicción, en función de la zona del planeta. Ambos parámetros, temperatura y nivel de precipitación, juegan un papel importante en la producción de alimentos. Además de los cambios en las condiciones ambientales, hay pruebas consistentes de que las circunstancias extremas aumentarán. Éstas pueden tener graves efectos adversos en los sistemas de producción de alimentos. Es muy probable que la frecuencia de los períodos de olas de calor y fuertes precipitaciones aumente en la mayoría de las áreas. También es probable que las áreas afectadas por las sequías se incrementen, junto con un aumento de la intensa actividad de ciclones tropicales y de la actividad de un elevado nivel del mar. Según revela este estudio, la Agencia Europea de Medio Ambiente ha elaborado una evaluación del impacto del cambio climático en Europa. Esta valoración indica un calentamiento estimado de 2,1 a 4,4°C para el año 2080, con los mayores incrementos en el norte y este de Europa. 



Los modelos indican además que estas áreas europeas se convertirán en zonas más húmedas, mientras que el Mediterráneo se convertirá probablemente en más seco. En cuanto a la estacionalidad, los países europeos pueden experimentar más precipitaciones en invierno, excepto para la región mediterránea, y menores precipitaciones en verano en toda Europa. El tema del cambio climático tiene un enorme impacto en los medios de comunicación y sus consecuencias, tanto globales como locales, respecto a los cambios en la producción y suministro de alimentos, así como las posibles consecuencias de otra índole (catástrofes meteorológicas, aumento del nivel del mar, aumento de temperaturas y deshielo) son un aspecto recurrente, tanto en publicaciones científicas como de carácter divulgativo.



Lejos de ser una cuestión ambiental, el cambio climático tiene una profunda repercusión económica, social y sanitaria. El cambio climático es un hecho admitido por casi toda la comunidad científica y son pocas las voces que ponen en duda esta afirmación. Casi todas las noticias que hacen referencia a este cambio y su relación con la alimentación se centran en el estrecho vínculo que relaciona el clima con la producción de alimentos, sobre todo agricultura y ganadería. Estas informaciones resaltan cómo repercute de forma negativa en la producción alimentaria y crea sequías e inundaciones y pérdidas de cosechas, con la consecuente destrucción de la forma tradicional de producción primaria en muchas zonas que, en definitiva, comprometen el acceso a los alimentos a gran parte de la población, en especial, en países en desarrollo. Pero son pocos los estudios que han evaluado cómo repercute este cambio climático en la seguridad de los alimentos, entendida como la buena calidad e inocuidad. Uno de los trabajos realizados en este campo pertenece al ámbito del Reino Unido, aunque los resultados y conclusiones son extrapolables a los demás países de Europa. 


El trabajo pretende, además de identificar el impacto que el cambio climático puede tener sobre la seguridad alimentaria e informar sobre ello, evaluar posibles maneras de adaptación a estas nuevas circunstancias con el fin de minimizar los riesgos. El cambio climático puede provocar incrementos en la contaminación, tanto química como microbiológica de los alimentos, debido a las variaciones en los patrones de producción agrícola, la intensificación de la agricultura y las alteraciones en las vías de transporte.





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ARISTOTELES



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