miércoles, 28 de octubre de 2015

CAMBIO CLIMÁTICO Y PATÓGENOS EMERGENTES EN LAS ETA DEL SIGLO XXI (Parte 2)

"Los lugares más obscuros del Infierno, están reservados para los que mantienen su neutralidad en épocas de crisis moral" (La Divina Comedia - Dante Alighieri)



Cambio Climático y Patógenos Emergentes en las ETA del siglo XXI 
(Parte 2)




A menudo, los alimentos proceden de zonas ajenas a los límites de la Unión Europea, donde el impacto del cambio climático es más relevante. Sin embargo, estos países deben ser capaces de producir alimentos dentro de las normas de seguridad alimentaria europea y éstas deben exigirse por los importadores. Esto pone de relieve la importancia de herramientas como el Sistema APPCC (Análisis de Peligros y Puntos de Control Crítico) para identificar en etapas tempranas riesgos dentro de la cadena alimentaria, que pueden ocurrir por el cambio climático. Estas zonas podrían localizarse por el desarrollo de un claro proceso de intensificación agrícola, inundaciones cíclicas o nuevas incorporaciones a la producción de alimentos. Las altas temperaturas podrían provocar un incremento de patógenos y micotoxinas en toda la cadena alimentaria. Resulta imprescindible desarrollar técnicas de evaluación del riesgo para poder identificar áreas de focalización de peligros alimentarios, así como posibles técnicas de mitigación de los mismos. Algunas de las conclusiones del estudio británico se derivan del hecho de que el aumento progresivo de las temperaturas podría provocar un incremento en el número de microorganismos patógenos y de micotoxinas en toda la cadena alimentaria, desde la producción hasta el consumo.


Tanto el procesamiento como el transporte y almacenamiento de los alimentos pueden incrementar los riesgos, pero hay poca información sobre cómo estos se alteran con el cambio climático. Por otra parte, este aumento de temperaturas puede provocar que microorganismos y enfermedades de origen alimentario propias de otras latitudes más cálidas se desarrollen en nuestro entorno. Otro punto destacable es que las cada vez más frecuentes, largas y severas épocas de sequía, consecuencia del calentamiento global, provocarán una mayor necesidad de agua de riego que hará que el riesgo de microorganismos patógenos sea más elevado. Por otro lado, las previsibles inundaciones son uno de los mecanismos para el transporte de agentes patógenos y sustancias químicas en  suelo agrícola que puede aumentar.


Los patógenos más beneficiados por el cambio climático y que más preocupan son los de dosis infectivas bajas, como protozoos parásitos o bacterias como Shigella, y los de mayor persistencia ambiental, como los virus gastrointestinales. También favorece el crecimiento de patógenos con gran tolerancia térmica y condiciones extremas de pH, mientras otros, como Salmonella y E. coli enterohemorrágica, aumentan su competitividad. Además, se prevé una probable alteración del uso de plaguicidas y medicamentos veterinarios. La mayor utilización de medicamentos veterinarios puede aumentar la prevalencia de patógenos resistentes a los antibióticos. Por último, el estudio pone de relieve la importancia de los equipos de vigilancia epidemiológica, cuya labor será cada vez más importante. Además, es fundamental desarrollar métodos de detección rápida de patógenos y productos químicos en los alimentos y en los seres humanos y para comunicar con rapidez a los organismos reguladores para que estos realicen, en poco tiempo, las oportunas recomendaciones y acciones. 


Algunos agentes patógenos se transfieren de los animales a los seres humanos, por lo que el seguimiento de la salud animal puede permitir detectar las amenazas antes de que la infección humana se produzca. Ya que es un problema global, resulta lógico pensar que los países deberían adoptar todas las acciones y medidas posibles. El trastorno de un ecosistema es una de las maneras más profundas en las cuales el cambio climático puede afectar la salud humana. El control de los animales nocivos es uno de los servicios de la naturaleza que más se desprecia. Los ecosistemas que funcionan bien ayudan a que los organismos nocivos sean controlados. Las enfermedades oportunistas transmitidas por roedores son, entre otras, el hantavirus, una infección pulmonar altamente letal que causó la primera erupción humana en el sur de los Estados Unidos de América en 1993 y que ha generado brotes en Europa y Sudamérica en la última década; la peste, enfermedad histórica que causó enormes epidemias en siglos pasados y es transmitida de los roedores a los humanos por pulgas y que ha reaparecido en África y la India como resultado de las grandes sequías seguidas de inundaciones y que se ha favorecida por las condiciones deficientes de higiene.


El cambio climático además de exacerbar las enfermedades transmitidas por vectores señaladas anteriormente, puede también aumentar la frecuencia de enfermedades transmitidas por el agua. El aumento en la frecuencia y duración de sequías e inundaciones pueden afectar y disminuir el acceso a fuentes seguras de agua potable, además de que la falta de este útil líquido durante una sequía interfiere con una higiene adecuada. Las inundaciones pueden afectar los desagües y otras fuentes de microorganismos patógenos incrementando así la frecuencia de enfermedades diarreicas. Sin embargo, aquí también es difícil predecir los impactos potenciales del cambio climático sobre las enfermedades relacionadas con el agua porque el acceso a una fuente de agua sana depende principalmente de factores socio-económicos. Se ha formulado la hipótesis de que las temperaturas anormalmente elevadas del mar asociadas con el fenómeno de El Niño en los años 1991 y 1992 contribuyeron a la primer epidemia del siglo XX de cólera en Sudamérica.




Las corrientes marinas de agua caliente desencadenan el florecimiento de algas tóxicas que pueden favorecer la proliferación de organismos patógenos como el Vibrio cholerae, el agente causal del cólera.  Algas y patógenos contaminan a peces y moluscos a través de los cuales se puede transmitir la enfermedad a los humanos consumidores. De lo expuesto anteriormente, se puede deducir que la investigación y el monitoreo de las enfermedades que se sospecha son causadas o exacerbadas por un potencial cambio climático son sumamente complejos. Los patrones diversos y muchas veces no lineales de las respuestas biológicas al cambio climático indican que los modelos cuantitativos muchas veces no serán suficientes para pronosticar los impactos a la salud humana.  La vulnerabilidad distinta de cada población alrededor del mundo y los cambios continuos en la salud, hacen que el pronóstico de las influencias climáticas sobre la salud sean altamente problemáticas. Sin embargo, es importante tener claro que la falta de certeza de los efectos adversos del cambio climático sobre la salud no deben de ser interpretados como la certeza de que no existan tales efectos adversos. 


Los daños a la salud humana causados por el cambio climático dependerán en gran medida de los pasos que se tomen para prepararse frente a estos peligros:

1. Puesta en marcha de buenos sistemas de vigilancia del clima en su conjunto de manera que sea posible a pronosticar cuando existen condiciones climatológicas o ambientales que pueden conducir a epidemias.
2. Aplicación de buenos sistemas de vigilancia para la emergencia o resurgencia de enfermedades infecciosas transmitidas por vectores o por el agua a fin de lanzar rápidamente medidas que controlen la proliferación de insectos o roedores e informar al público sobre cómo protegerse o qué hacer en caso de contagio.
3. Estudiar y abarcar los riesgos a la salud humana dentro de un marco basado en la ecología, evaluando los posibles impactos del cambio climático sobre la variedad de especies que conforman al ecosistema. 
4. Implementación de una colaboración intersectorial de manera que todo lo pertinente a la salud humana sea considerado dentro de técnicas de manejo ambiental. Por ejemplo, el sector salud podría utilizar información generada por los pronósticos del clima para elaborar una planeación más proactiva en este campo.


Los puntos anteriores permitirán abordar el problema serio, aunque a veces subestimado, del impacto del cambio climático a la salud humana. Un cambio climático no solamente puede exacerbar los problemas actuales de salud, también puede traer problemas de salud no esperados en la población humana. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha recomendado una serie de estrategias para tratar de aminorar los impactos a la salud que se han pronosticado, las cuales incluyen: monitoreo de las enfermedades infecciosas, preparación para desastres, mejora de los sistemas de alerta tempranos, mejora del control de la contaminación de agua y aire puesta en marcha de programas de entrenamiento de investigadores y profesionales de la salud. Como respuesta a los requisitos establecidos por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (UNFCCC, por sus siglas en inglés) se creó la Agencia Intersecretarial sobre la Agenda Climática en la cual participa la OMS.


Proporciona información sobre los aspectos relacionados con la salud de la Agenda Climática dentro del campo general de “estrategias de evaluación de impactos y respuesta climáticos para reducir la vulnerabilidad”. La OMS ha estado trabajando con la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (WMO y UNEP, por sus siglas en inglés, respectivamente) enfocando sus esfuerzos en tres áreas: formación de capacidades, intercambio de información y promoción de la investigación.  Por otra parte, el Sistema Global de Observación del Clima (GCOS, por sus siglas en inglés) es un esfuerzo de colaboración entre el WMO, la UNEP y la Comisión Intergubernamental Oceanográfica de la UNESCO y está destinado a ser un sistema de observación global a largo plazo para monitorear de cerca el clima, la variabilidad climática y el cambio climático. 


Siguiendo el “principio precautorio”, que implica actuar aún en ausencia de pruebas científicas totalmente contundentes, es indispensable ahondar en los estudios que relacionen la salud humana con el cambio climático. Sin embargo, la complejidad de las vías a través de las cuales el cambio climático puede afectar la salud humana dificulta los pronósticos de cómo, cuándo y en qué grado el cambio climático global influirá sobre el bienestar de los seres humanos.


Es muy razonable anticipar variaciones en el riesgo de enfermedades y daños físicos como consecuencia de dicho cambio global. Los riesgos incluyen como ya se mencionó: olas de calor y aumento en la contaminación, aumentan en la frecuencia e intensidad de sequías e inundaciones, brotes de epidemias de enfermedades transmitidas por vectores y a través del agua. Enfermedades como la malaria, el dengue, la fiebre amarilla, el cólera han resurgido o cobrado nueva fuerza en los últimos años y al parecer el cambio climático global es una de sus causas posibles. El prospecto de un cambio climático que afecte la salud humana produce un desafío importante para los científicos y los tomadores de decisiones.


Para los científicos es difícil identificar los impactos del clima actual sobre la salud debido a la gran cantidad de factores sociales, tecnológicos, demográficos y ambientales que hay que tomar en cuenta para los estudios y los modelos computacionales. Para los tomadores de decisiones, lo importante es seleccionar acciones que proporcionen beneficios sobre una gran variedad de posibilidades futuras de cambio climático y que minimicen los costos económicos actuales, los cuales pueden causar en sí mismos impactos negativos en la salud pública. A pesar de estas dificultados, sería muy prudente asegurarse de que los sistemas de salud nacionales estén preparados e informados, y que existan amplios programas de prevención de efectos nocivos del cambio climático sobre la salud humana.




2. Patologías humanas, agua y cambio climático


Las infecciones en el hombre están íntimamente relacionadas con el medio ambiente, en especial aquellas transmitidas por vectores, aguas y alimentos. El cambio ambiental tiene un gran potencial de selección de distintas enfermedades infecciosas, lo cual favorece la aparición de epidemias. A pesar de ello, establecer una relación directa causa-efecto, clima-enfermedad, no resulta sencillo debido a su condición multifactorial. Por ese motivo se han desarrollado distintos modelos epidemiológicos predictivos teóricos, con el objetivo de determinar el grado de sensibilidad de las distintas enfermedades a las variaciones climáticas y su relación con los brotes infecciosos para poder así implementar medidas preventivas. El cambio climático es un fenómeno emergente con una distribución no equitativa, ya que los mayores riesgos los padecen las poblaciones más pobres, que son las que menos contribuyen en la emisión de gases generadores del efecto invernadero. Un ejemplo de ello es que la emisión en EE.UU., es 7 veces mayor que en China y 19 veces mayor que en África.


Durante el siglo XX, la temperatura aumentó aproximadamente 0,6°C. Las proyecciones estiman un aumento entre 1,4- 5,8ºC de la temperatura en el siglo XXI, con aparición de temperaturas extremas, inundaciones y sequías que afectaron la fauna y flora mundial. La Organización Mundial de la Salud (OMS) informa que los efectos del cambio climático iniciados en 1970 fueron los responsables del aumento de 150.000 óbitos para el año 2000, cifras que aumentarían en el futuro, principalmente en las poblaciones más vulnerables. El Panel Intergubernamental para el Cambio Climático agrega que los motivos que generaron el calentamiento en los últimos 50 años se relacionan fundamentalmente con las actividades del hombre. La comprensión e interpretación de la interrelación entre el cambio climático con las enfermedades infecciosas requieren un conocimiento multidisciplinario, tanto médico como de biología, entomología, antropología, astronomía, geografía, ciencias exactas. La atmósfera que rodea al planeta es la que permite mantener la temperatura ideal para la vida.



Está constituida por 5 capas concéntricas de gases, formadas por nitrógeno y oxígeno como componentes principales, que filtran las radiaciones solares. La capa más baja es la troposfera, donde se genera la temperatura de la superficie de la tierra. Está compuesta en mínimas cantidades (1%) por gases denominados "de invernadero", como el dióxido de carbono (CO2), metano, óxido nitroso, entre otros, que son producidos naturalmente y gases industriales fluorados como hidrofluorocarbonos, perfluorocarbonos y hexafluoruro de azufre, generados artificialmente. En pequeñas concentraciones, estos gases son vitales para mantener a la Tierra dentro de temperaturas viables. La tierra recibe y utiliza la energía solar, y parte vuelve a la atmósfera. Los "gases de invernadero" absorben esta energía evitando que escapen de retorno al espacio, calientan tanto la tierra como el aire, y la energía solar queda atrapada por los gases, del mismo modo en que el calor queda atrapado detrás de los vidrios de un invernadero, por lo que se lo denomina "efecto invernadero", descripto por primera vez por Fournier en 1827.


El agua es un elemento básico para la vida, pero 1,1 billones de personas no tienen acceso a aguas seguras y 2,4 billones a condiciones básicas de saneamiento. La diarrea infantil continúa siendo la causa mundial más frecuente de muerte. Predecir los impactos potenciales del cambio climático en estas enfermedades es complicado, debido a que el acceso al agua y los alimentos seguros está determinado por condiciones socioeconómicas locales. La escasez de agua lleva al uso de fuentes inapropiadas con el aumento del riesgo de infección. Los alimentos también son fundamentales para la vida. La OMS muestra que 800 millones de personas están malnutridas. El aumento de la población mundial crea el consecuente incremento de la demanda de alimentos, deforestación de bosques y uso de cultivos intensivos que aumentan la producción de gases con efecto invernadero.


Las enfermedades infecciosas frecuentemente se presentan en forma de brotes. Algunas tienen ciclos epidémicos independientes de factores externos, como el sarampión, otras requieren de la combinación de factores tanto intrínsecos como ambientales. Aun en las situaciones en donde la asociación entre clima y enfermedad parecería ser muy fuerte, resulta importante considerar que los factores no relacionados con el clima también pueden tener impacto sobre el momento y gravedad de un brote. Entre los determinantes más importantes de vulnerabilidad poblacional se encuentra el nivel nutricional e inmunológico de la población y el antecedente de exposición a la infección. Está demostrado que, incluso bajo situaciones ideales de epidemia, para que ello ocurra, es necesaria una determinada cantidad de personas susceptibles. Existen otros factores extrínsecos que tienen que ver con el comportamiento humano, posibilidades de acceso sanitario, habitacionales, migraciones y trabajos.



Un ejemplo es el impacto que produce la deforestación en la prevalencia de enfermedades transmitidas por vectores, como paludismo, leishmaniasis y fiebre amarilla, donde las intervenciones provocan un cambio forzoso del hábitat natural del vector, desplazándolo de las áreas rurales a las urbanas, o bien exponiendo al hombre a la adquisición. El cambio climático perturba los ecosistemas naturales y favorece las condiciones ideales para la propagación de las infecciones y epidemias, principalmente relacionadas a vectores, agua y alimentos. Como muchas de las enfermedades infecciosas están en relación directa con las características geográficas y estacionales, la utilización de parámetros climáticos como indicadores predictivos de enfermedad es de interés. Resultados que deberán ser interpretados en su contexto y con precaución. Sin olvidarnos de que existe una fuerte evidencia sobre la influencia antropológica en la interacción clima-enfermedad, como es el ejemplo de las migraciones de grupos poblacionales vinculadas con catástrofes climáticas que se relacionan con epidemias locales.


Desde 1990, el aumento en la precisión de los sistemas de predicción climática, conocimientos epidemiológicos y la mejor comprensión de las interacciones entre el clima y las enfermedades infecciosas, motivó la necesidad de desarrollar modelos predictivos de cambios en las enfermedades infecciosas con características epidémicas. Uno de los sistemas de vigilancia epidemiológica que permiten predecir la aparición de brotes es el publicado por la OMS en al año 2005, denominado "early warning system model"(EWS), realizado con el objetivo de lograr una rápida identificación de los brotes epidémicos, como primer paso importante para la implementación de intervenciones eficaces. Este sistema incorpora información relacionada con el clima, medio ambiente y además utiliza sistemas de información geográfica (SIG), que posibilitan predecir a través de modelos matemáticos la aparición de las epidemias, lo cual permite individualizar la sensibilidad de las distintas enfermedades infecciosas a la variabilidad climática e identificar aquellas para las cuales las predicciones climáticas ofrecerían el mayor potencial de control de la enfermedad.


La mayoría de los expertos coinciden en que las enfermedades infecciosas más frecuentes, en especial las transmitidas por vectores, son altamente sensibles a las variaciones climáticas. De acuerdo a los resultados obtenidos del EWS, respecto del riesgo epidémico y la sensibilidad a las variaciones climáticas, el paludismo dentro de las enfermedades transmitidas por vectores y el cólera entre las relacionadas con el agua y los alimentos, fueron aquellas enfermedades donde se observó una fuerte asociación entre el factor de variación climática y la epidemia. En otras enfermedades, la variación climática tuvo un rol importante, pero no determinante, como en leishmaniasis, dengue, encefalitis virales y meningitis meningocócica, donde aparecen además otros factores relacionados con la epidemia. En el caso de fiebre amarilla, influenza y diarrea, la influencia de la variación climática fue moderada, muy baja para Chagas, parasitosis intestinales, esquistosomiasis y Lyme, y nula para tuberculosis.




¿Cómo interviene el clima en las enfermedades infecciosas?: El impacto climático sobre las enfermedades infecciosas está principalmente relacionado al comportamiento humano, efectos sobre el patógeno y el vector que provocan la enfermedad. Las distintas temperaturas y estaciones del año condicionan cambios en el comportamiento humano, como trabajos, esparcimiento y movilizaciones. Por ejemplo, el aumento de la transmisión del virus de la gripe en invierno donde la gente busca lugares cerrados, o el pico de incidencia de gastroenteritis durante el verano cuando se acostumbra a estar fuera del hogar.Existe una relación directa entre los factores climáticos y los patógenos que provocan enfermedades infecciosas. La mayoría de los virus, parásitos y bacterias no pueden desarrollarse por debajo de ciertos límites de temperatura, como es el caso de Plasmodium falciparum, que requiere temperaturas mayores a 18ºC para desarrollarse. La distribución geográfica y la dinámica poblacional de las enfermedades vectoriales se relacionan con los patrones de temperatura, lluvias y humedad.


El dengue es la enfermedad viral más frecuente en el mundo. Aedes aegypti está bien adaptado al medio urbano, pero no resiste la desecación. La expansión del área de distribución del Aedes y del dengue están favorecidos por el aumento de la humedad y la temperatura, como de las lluvias, generados por el cambio climático. El calentamiento mundial, influye en la aparición del dengue, tanto por el aumento de las temperaturas y precipitaciones cuanto por los fenómenos de deforestación, como en Tartagal (Salta), donde el desmoronamiento producido por las lluvias en regiones deforestadas empeoró la condición epidemiológica. El mayor desarrollo del Aedes en Bs As, aparecía luego de varios meses con temperaturas sobre los 20ºC y lluvias acumuladas por sobre los 150 mm. Un marcado descenso se observó por debajo de los 16,5ºC y no se observó desarrollo por debajo de los 14,8ºC. Los cambios en la incidencia del dengue no son exclusivamente climatológicos, existe otros factores relacionados, como la disminución de las medidas de control del vector y fenómenos de urbanización no planificada que alteran el hábitat del mosquito. Ejemplos actuales del avance de las enfermedades vectoriales son la aparición de brotes de dengue en Sudamérica y la aparición de patologías reemergentes o emergentes en zonas inhabituales, como la fiebre amarilla y la leishmaniasis visceral en nuestro país.


El acceso a agua potable y a medios adecuados de saneamiento está ligado directamente a la salud humana y al desarrollo. Si bien el porcentaje de personas con acceso a alguna forma de abastecimiento de agua tratada se elevó del 79% en 1990 al 82% en 2.000, más de mil millones de personas en el mundo carecen de acceso a un suministro fijo de agua para consumo. Hay 2,4 mil millones de personas -más de un tercio de la población mundial- que no tienen acceso a un saneamiento adecuado. Los resultados son devastadores. Más de 2,2 millones de personas, en su mayoría en los países en vías de desarrollo, mueren cada año por enfermedades asociadas a condiciones deficientes de agua y de saneamiento. 6,000 niños mueren cada día de enfermedades que pueden prevenirse mejorando las condiciones de agua y de saneamiento. Más de 250 millones de personas sufren de dichas enfermedades cada año.




El 70% de la superficie mundial está cubierto por agua, pero el 97,5% del agua se encuentra en mares y océanos, es decir, es agua salada. La mayor concentración de agua dulce se encuentra congelada en los casquetes polares (2,0%) y en el agua subterránea almacenada hasta los 1.000 m de profundidad (0,5%) superando el agua fácilmente accesible de lagos y ríos del mundo. La distribución de agua dulce en el planeta no es equitativa. Aunque muchas regiones cuenten aún con agua suficiente para cubrir las necesidades de cada individuo, se requiere que ésta sea manejada y usada adecuadamente. El agua tiene su propia dinámica en el denominado ciclo hidrológico. A medida que el hombre ha modificado el ciclo natural para poder utilizar el agua para su provecho, se han generado diferentes ciclos artificiales o antrópicos del agua que no sólo modifican su circulación, sino que implican una modificación de sus características, ya que en estos nuevos ciclos el agua ve alterada su calidad. El agua dulce es un recurso renovable a través del ciclo hidrológico natural pero es finito. La contaminación generada por efectos antrópicos agudiza su escasez. En el mundo de hoy, se gastan y utilizan de manera ineficiente grandes cantidades de agua y, a menudo, la demanda está creciendo mucho más rápido de lo que la naturaleza nos puede abastecer. Mientras que la competencia por los recursos hídricos puede ser fuente de conflicto, la historia nos ha mostrado que el agua compartida también puede ser un catalizador para la cooperación.


En la actualidad, cerca del 40% de la población mundial vive en áreas con problemas hídricos de un nivel moderado-alto. Se estima que para el año 2025 aproximadamente dos tercios de la población mundial, es decir 6 mil millones de personas, vivirán en áreas que enfrenten dichos problemas hídricos. El uso del agua se ha incrementado seis veces durante el último siglo, más del doble de la tasa de crecimiento demográfico. Las pérdidas de agua debido a filtraciones, conexiones clandestinas y desechos suman cerca del 50% de la cantidad de agua que se usa para beber en los países en vías de desarrollo. Alrededor del 90% de las aguas servidas y el 70% de los desechos industriales en los países en vías de desarrollo se descargan sin tratamiento alguno, provocando con frecuencia la contaminación del suministro de agua para consumo.


Los ecosistemas de agua dulce han sido severamente dañados: se han perdido cerca de la mitad de los humedales del planeta y más del 20% de las 10.000 especies conocidas de agua dulce en el mundo se han extinguido. A cualquier hora, la mitad de las camas de los hospitales del mundo están ocupadas por pacientes que sufren de enfermedades relacionadas con el agua. En América Latina y el Caribe, actualmente con una población de casi 500 millones de personas, cerca del 85% de la población cuenta con servicios de agua potable, ya sea con conexión o con fácil acceso a una fuente pública. Estas estimaciones de la cobertura sugieren que los niveles de servicio son relativamente altos. Sin embargo, no hay equidad en el acceso y uso de estos servicios y se observan grandes disparidades entre zonas urbanas y rurales. En cuanto al saneamiento, el problema es aún más preocupante, pues 37 millones de habitantes urbanos y 66 millones de habitantes rurales carecen de estos servicios básicos. Solamente el 13,7% de las aguas residuales procedentes de 241 millones de habitantes, cuyas viviendas están conectadas a redes de alcantarillado, recibe algún tratamiento, lo que significa que aproximadamente las aguas servidas procedentes de 208 millones de habitantes son descargadas a los cuerpos receptores sin tratamiento alguno. 



América del Sur produce alrededor del 26% de los recursos hídricos mundiales. Tiene una moderna red hidrológica con cerca de 6.000 estaciones. El promedio de precipitaciones es de 1.600 mm por año. Las precipitaciones pueden ser muy escasas (20 mm/año en el desierto de Atacama) o muy abundantes (4.000 mm en los Andes al Sur de Chile). El Amazonas es el mayor río del mundo pero el Río de la Plata, el Orinoco, el Paranaiba y el San Francisco también son muy importantes. La descarga promedio en América del Sur para el período 1921-1985 se estimó en 12.000 km3 por año. Hay acuíferos, lagos y reservorios muy grandes y productivos pero la alta densidad de población en ciertas zonas y la falta de tratamiento de los vertidos urbanos causan problemas de contaminación.








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ARISTOTELES



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