martes, 20 de octubre de 2015

CAMBIO CLIMÁTICO Y PATÓGENOS EMERGENTES EN LAS ETA DEL SIGLO XXI (Parte 1)

"Los lugares más obscuros del Infierno, están reservados para los que mantienen su neutralidad en épocas de crisis moral" 
(La Divina Comedia - Dante Alighieri)


Cambio Climático y Patógenos Emergentes en las ETA del siglo XXI
(Parte 1)

En éste ensayo de mi autoría, el cual pensaba exponer en un Seminario Internacional  y que por impostergables razones personales y de fuerza mayor me viera en la imposibilidad de asistir, quiero poner hoy en la consideración de todos mis lectores a lo largo de casi diez entregas para compartir juntos un entramado tema que no solo no debe soslayarse, sino que debe dársele toda la seriedad que el caso requiere, pues el planeta y todos nosotros, estamos en un camino sin retorno, consumiendo 1 1/2 planetas por año.........una autodestrucción premeditada o una estupidez mayúscula de los grandes centros del poder económico?   Se los dejo para meditarlo juntos y tratar de salir adelante, no les parece?


1. Cambio Climático y Seguridad Alimentaria


Existe un consenso cada vez mayor sobre la idea de que la actividad humana puede estar cambiando nuestro clima. Estos cambios tienen unas cuantas posibles repercusiones en el bienestar y la salud humana, pudiendo estar entre ellas la seguridad de los alimentos. Desde el siglo XVIII, las actividades humanas han emitido una gran cantidad de gases a la atmósfera, como dióxido de carbono y metano. La gran mayoría de estos gases proviene de la quema de combustibles fósiles, de los procesos industriales y de la deforestación. Se calcula que las emisiones de gases procedentes del sistema alimentario se sitúan entre un 19% y un 29%, según datos de la OMS en 2014. La acumulación de estos gases (conocidos como gases de efecto invernadero) en la atmósfera, retiene energía y actúa como un manto alrededor de la Tierra. A pesar de que una minoría no comparta esta teoría, el fenómeno (conocido como efecto invernadero) se considera la causa del incremento de la temperatura media en la atmósfera terrestre o calentamiento global.



Este efecto puede influir en el clima terrestre y alterarlo, produciendo así un cambio climático. El último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) afirmaba que el calentamiento del clima es innegable, la influencia humana es indiscutible y limitar este cambio climático requerirá una reducción considerable y prolongada de los gases de efecto invernadero. El cambio climático es un variación importante y duradera en la condiciones climáticas. Estos cambios nos pueden llevar a acontecimientos meteorológicos más extremos, como sistemas de tormentas más poderosos, una mayor frecuencia de fuertes lluvias y periodos más largos de sequías.



El aumento global de las temperaturas también puede tener como resultado el deshielo de los casquetes polares, un aumento del nivel del mar, la acidificación de los océanos, inundaciones costeras y la alteración de las corrientes marinas. Las previsiones recientes del IPCC indican que la temperatura aumentara en 1,5ºC o más en algunas partes de mundo de aquí a finales del siglo XXI. Las posibles implicaciones del cambio climático en la disponibilidad y el acceso a los alimentos, es decir, la seguridad alimentaria, se han debatido e investigado ampliamente. El cambio climático se percibe generalmente como un impacto negativo en la seguridad alimentaria, sobre todo en países en desarrollo. Al contrario que la seguridad alimentaria, las posibles repercusiones del cambio climático en la seguridad de los alimentos son un ámbito emergente de investigación.


La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés) ha identificado el cambio climático como impulsor de nuevos riesgos en la seguridad de los alimentos a mediano y largo plazo. Mejorar nuestro conocimiento sobre los posibles efectos del cambio climático en la seguridad de los alimentos es crucial si tenemos en cuenta el impacto que pueden tener en la seguridad alimentaria. La capacidad de los agentes patógenos (bacterias, virus, parásitos) para sobrevivir y crecer depende del medioambiente, de factores como la temperatura y la humedad. Muchos patógenos de los alimentos, como los géneros Salmonella y Campylobacter, crecen mejor en ambientes cálidos y húmedos. Además, muchas enfermedades transmitidas por alimentos también presentan cambios estacionales en prevalencia. El aumento de la temperatura y la humedad, y las condiciones meteorológicas extremas, afectarán la capacidad de supervivencia o de crecimiento de muchas bacterias patógenas de los alimentos.



Algunos de estos cambios podrían ser tanto positivos como negativos para la seguridad de los alimentos; por ejemplo, el aumento o la disminución de la capacidad de supervivencia o crecimiento de patógenos en los mismos, como ya hemos mencionado. A manera de ejemplo, en los últimos años, Chile ha sido marcado por un déficit de precipitaciones que ha disminuido las reservas de aguas y afectado los suelos a lo largo del país. Según datos de la Dirección Meteorológica, el período entre 2003 y 2013 ha sido la década más seca desde 1866 para la zona central que comprende desde la región de Coquimbo hasta Biobío y 2013 se perfiló como el quinto año consecutivo de déficit pluvial en la zona. Si bien la sequía es un fenómeno que ocurre regularmente en Chile, expertos señalan que dada la prevalencia de esta reducción de las precipitaciones, no sólo los suministros de agua para la sociedad se han visto afectados sino que también la flora y fauna del territorio nacional.


El cambio climático puede influir también en la velocidad de transmisión de patógenos de los alimentos; por ejemplo, las temperaturas más altas en verano e inviernos más templados pueden aumentar la abundancia de plagas, como insectos y roedores, que pueden transmitir patógenos en los alimentos. De igual modo, un exceso de lluvia que provoque inundaciones puede ayudar a transportar patógenos de los alimentos a los cultivos agrícolas. Así, el cambio climático puede alterar la incidencia de enfermedades alimentarias o la capacidad que tienen los patógenos de causar enfermedades. Otras posibles repercusiones del cambio climático pueden ser: La aparición de nuevos riesgos microbianos por cambios en los tipos de cultivos y las prácticas agrícolas relacionadas (por ejemplo, un mayor uso de residuos de animales sin tratar como fertilizantes).


La resistencia antibiótica puede ser causada por cambios espontáneos en la composición genética de una célula o por el traslado estable de elementos genéticos móviles transferidos entre microorganismos. El impacto del cambio climático podría ser más evidente en los patógenos de los alimentos con menores dosis infecciosas (es decir, menos células causarían la enfermedad), pues pequeños cambios en el número o en la distribución podrían aumentar las enfermedades alimentarias. Cambios en la naturaleza, el nivel y la transmisión de algunos productos químicos contaminantes y tóxicos pueden afectar la seguridad de nuestros alimentos. El cambio climático puede también modificar las prácticas agrícolas. Lo que se cultiva y la manera en que se cultiva cambiará en distintos países. El tipo y la abundancia de plagas (insectos y roedores, entre otros) y malas hierbas también cambiará. Esto puede modificar el tipo, nivel y uso de productos químicos (como pesticidas) y fertilizantes que se usan en los cultivos. Sin embargo, el uso de productos químicos en los cultivos europeos está estrictamente regulado y controlado para asegurar la inocuidad de estos alimentos. Algunas toxinas, como las micotoxinas, están compuestas por hongos que crecen en los cultivos, y podemos consumirlas directamente de estos o indirectamente a través de productos de origen animal (como carne o leche) que han consumido previamente piensos contaminados.


La producción de estas toxinas se puede ver afectada por la temperatura y las condiciones de humedad. Por ejemplo, las Unidades de Riesgos Emergentes de la EFSA han identificado patrones de cambio en la contaminación de la micotoxinas en cultivos de cereales como el trigo, el maíz y el arroz. Las micotoxinas pueden usar un amplio abanico de efectos tóxicos tanto en animales como en humanos. Algunas de las micotoxinas más comunes son cancerígenas, genotóxicas o pueden atacar órganos específicos, como el riñón o el hígado. El aumento en las temperaturas oceánicas también puede influir en el crecimiento de algas peligrosas que pueden producir biotoxinas marinas y que se concentran en moluscos (por ejemplo, mejillones y almejas) y algunos peces comestibles, pudiendo causar enfermedades en humanos si se consumen. Recientemente se detectó un brote de intoxicación por ciguatera que afectó a 10 personas en las islas Canarias debido a la ingesta de pescado en mal estado. La intoxicación por ciguatera se puede producir al consumir algunas especies de pescado en las que el plancton puede haber producido ciguatoxina que se acumula en la carne del producto que lo haya consumido. Es imposible evaluar con certeza la repercusión real del cambio climático en la seguridad de los alimentos. Sin embargo, parece ser que se notarán algunos riesgos microbiológicos y químicos. El alcance del problema de estos riesgos dependerá de su tipo y de las condiciones y prácticas locales. Existe incertidumbre al respecto porque no poseemos toda la información sobre los riesgos que puede plantear el cambio climático en la seguridad de los alimentos. Por lo tanto, se necesita no solo mantener, sino revisar y mejorar la infraestructura actual de seguridad alimentaria en toda Latinoamáerica.


Esto requerirá una inversión prolongada en vigilancia y control de los alimentos, así como una evaluación de riesgos, gestión y comunicación. Las enfermedades emergentes y reemergentes se han constituido en un problema de salud pública a nivel mundial. Una enfermedad emergente es aquella que aparece en una población por primera vez o que, habiendo existido previamente presenta un rápido incremento de su incidencia o de su distribución geográfica (OMS). La pandemia de la infección por VIH representa el prototipo de una enfermedad infecciosa nueva y emergente cuyo impacto en la salud pública no se había experimentado previamente. Las enfermedades reemergentes son aquellas que eran conocidas y que representaron un problema de salud pública en el pasado, las cuales han crecido o incluso reaparecido en los últimos años. Las pandemias del virus influenza A de 1918, 1957 y 1968 ó la reaparición de la tuberculosis en la década de 1980 son prototipos de enfermedades reemergentes. 



Los factores que influyen en estas patologías son variados y están especialmente relacionados a cambios en los agentes causales, a cambios en el medio, a modificaciones de los hospedadores susceptibles y a las políticas de salud. Los agentes causales pueden explicar la emergencia o reemergencia al cambiar, ya por selección o mutación, o por adaptarse a nuevos hospedadores; los cambios en el medio pueden ser consecuencia de cambios climáticos, de cambios en los patrones del uso de la tierra, incluyendo las invasiones a nichos ecológicos por los hombres, o a procesos derivados de la tecnología y la industria. Los cambios en los hospedadores generalmente están relacionados a modificaciones demográficas y de comportamiento. Las políticas de salud, cuando se abandonan o se reducen a un mínimo, pueden conducir a la reaparición de enfermedades que estaban controladas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió en su informe del 2014 que las enfermedades infecciosas estaban surgiendo a un ritmo que no se había visto antes.



Desde los años setenta, se han descubierto unas 40 enfermedades infecciosas incluyendo el Síndrome Agudo Respiratorio Severo (SARS), el ébola, la gripe aviar y la gripe porcina. El potencial que las enfermedades infecciosas emergentes tienen para propagarse rápidamente y causar epidemias mundiales es una preocupación de gran importancia, ya que la gente viaja con mucha más frecuencia y a mayor distancia que en el pasado. Además, existe el riesgo de que surjan estas enfermedades como consecuencia de la introducción deliberada de agentes infecciosos en espacios o escenarios donde usualmente no ocurren con fines terroristas. Ejemplo de ello fue la utilización de esporas de Bacillus anthracis para contaminar cartas enviadas por correo en el 2001 en los Estados Unidos. Debido a la gran diversidad de los patógenos emergentes y reemergentes, la vigilancia de las tendencias que manifiestan estas enfermedades infecciosas debe intensificarse. Y, dado que alrededor del 75% de los patógenos que ocasionan enfermedades emergentes o reemergentes utilizan algún vector u hospedador animal, la vigilancia debe extenderse más allá de las poblaciones en riesgo y abarcar los posibles reservorios de estos animales. Para que una enfermedad emergente se establezca tienen que suceder al menos dos eventos: el agente infeccioso tiene que ser introducido en una población vulnerable y, además, el agente tiene que tener la capacidad de propagarse fácilmente y causar la enfermedad. La infección también tiene que ser capaz de sostenerse dentro de la población, con lo cual cada vez serían más las personas infectadas.



La globalización del procesamiento de los alimentos y de los centros de suministro ha posibilitado la expansión de brotes de enfermedades microbianas transmitidas por los alimentos, cuyo origen puede estar en un lote contaminado de alimentos procesados o frescos, una remesa de alimentos mal manipulados o distribución de productos frescos cargados de bacterias. El CDC estima que cada año en EEUU las enfermedades infecciosas transmitidas por los alimentos causan aproximadamente 76 millones de enfermos, 350000 hospitalizaciones y 50000 muertes. El cambio climático se está convirtiendo en un factor de gran preocupación en la aparición de enfermedades infecciosas, debido al calentamiento de la Tierra el clima y los hábitats se alteran, por lo que estas enfermedades pueden extenderse a nuevas zonas geográficas.



Las posibilidades de sus grandes cambios genéticos y su paso a los seres humanos se incrementan cuando los seres humanos conviven en estrecha proximidad con los animales agrícolas, tales como pollos, patos y cerdos. Estos animales son huéspedes naturales del virus de la gripe y en ellos se pueden crear versiones nuevas de la gripe que no hayan existido anteriormente. La aparición de nuevas epidemias asociadas a enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes se está produciendo a un ritmo sin precedentes. En cuanto a las medidas de control, éstas pueden ir dirigidas a reducir o controlar las fuentes de infección, interrumpir la conexión entre las fuentes y los individuos susceptibles, aislar los individuos susceptibles y elevar el grado general de inmunidad de grupo mediante la inmunización.  El control de una enfermedad infecciosa se basa en gran medida en una red bien definida de microbiólogos clínicos, enfermeros, médicos y personal de control de infecciones que proporcionen información epidemiológica a una red de organizaciones locales, nacionales e internacionales. Estos individuos y organizaciones integran el sistema de salud pública. Por ejemplo, cada estado posee un laboratorio de salud pública que participa en la vigilancia y control de las enfermedades.



La sección de enfermedades transmisibles de un laboratorio estatal comprende servicios especializados de laboratorio para examinar muestras o cultivos enviados por médicos, departamentos locales de salud pública, hospitales, personal sanitario, epidemiólogos y otros. Estos grupos comparten sus hallazgos con otras agencias relacionadas en la salud en el estado, con centros como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Centro de Prevención y Control de Enfermedades (CDC). En definitiva, las medidas preventivas se basan en el establecimiento de un sistema de vigilancia orientado a detectar la presencia de las enfermedades emergentes y reemegentes a tiempo para tomar medidas de control adecuadas, evitando o mitigando así los devastadores efectos que estas enfermedades podrían causar.


Es evidente que la población humana está continuamente enfrentándose a enfermedades infecciosas nuevas como a la reemergencia de viejas enfermedades, una vez que éstas ya se consideraban superadas. Muchos son los factores que favorecen la emergencia y reemergencia de estas enfermedades, pero es indudable que los característicos del mundo moderno en el que vivimos favorecen la expansión y desarrollo de estos microorganismos patógenos y sus enfermedades. El cambio climático puede exacerbar muchas de las amenazas que enfrentan las poblaciones humanas, particularmente en los países de pocos recursos. Estas amenazas incluyen: escasez de agua y de alimentos debido a eventos climáticos extremos, olas de calor, propagación de enfermedades transmitidas por vectores y por el agua. Actualmente pocos científicos dudan de la existencia de un cambio climático global.  A pesar de que el aumento registrado en la temperatura en las últimas décadas y la frecuencia e intensidad de los eventos extremos no rebasa aún los límites de una “variabilidad climática”, todo apunta hacia la existencia de un “cambio climático” de origen antropogénico. Las actividades humanas han contaminado la atmósfera alterando la concentración de gases como el bióxido de carbono (CO2), el metano (CH4), el óxido nitroso (N2O) y el vapor de agua. Estos gases se denominan comúnmente Gases de efecto invernadero” (GEI) y son indispensables para la vida terrestre ya que sin su presencia la mayor parte de la superficie del globo terráqueo estaría congelada.



Sin embargo, las actividades humanas de la era industrial han causado un aumento, especialmente en la concentración de CO2 , provocando que más calor quede atrapado en la atmósfera, lo que produce un calentamiento global de la superficie de nuestro planeta.
Las consecuencias proyectadas por los modelos computacionales de cambio climático son las siguientes: calentamiento de los océanos, desaparición de glaciares, elevación del nivel del mar, aumento en la frecuencia e intensidad de eventos climatológicos extremos debido a una mayor evaporación de agua y superficies oceánicas más calientes, entre otros. Sin embargo, existe otro tipo de predicciones que no son tan frecuentemente mencionados pero que resultan igualmente preocupantes: el calentamiento global y otras alteraciones climatológicas pueden provocar cambios en la distribución e incidencia de enfermedades. La relación entre clima y salud humana puede ser compleja y difícil de establecer. Hoy en día, un clima cada vez más inestable, la pérdida acelerada de biodiversidad y la desigualdad socio-económica afectan la resistencia de los sistemas naturales. Los cambios en el uso del suelo afectan la distribución de los agentes portadores de enfermedades como los roedores y los insectos, mientras que el clima incide directamente en la duración e intensidad de los brotes de enfermedades.



De esta manera, padecimientos como la malaria, la peste, el dengue o el síndrome pulmonar hantavirus, entre otros, han reaparecido o se han intensificado en diversas partes del mundo. Los impactos negativos a la salud humana pueden darse por vía directa, como en el caso de olas de calor y aumento de la contaminación exacerbada por el aumento en la temperatura o los daños físicos causados por eventos extremos, o por vía indirecta, como resultado de sequías, inundaciones y cambios climáticos que causan condiciones favorables para los agentes infecciosos, virus, bacterias o parásitos y sus agentes transmisores llamados “vectores”. Las temperaturas extremas, tanto altas como bajas, pueden causar disturbios fisiológicos y daños a diferentes órganos provocando enfermedad o la muerte en los seres humanos. Una de las consecuencias más seguras y directas del cambio climático es un aumento en la morbilidad y la mortalidad humanas en períodos de clima extremosos como son las olas de calor. La letalidad de una ola de este tipo aumenta si ocurre al principio del verano (cuando la población todavía no ha podido aclimatarse al calor), si es de larga duración y si hay temperaturas nocturnas elevadas. Estos efectos son peores en las ciudades debido al “efecto de isla de calor urbano” que involucra la liberación nocturna del calor almacenado durante el día en el cemento y los materiales metálicos urbanos. Las personas mayores con problemas cardíacos o respiratorios son particularmente vulnerables porque el calor extremo puede exacerbar estas condiciones preexistentes. 



La falta de acceso a sistemas de aire acondicionado aumenta también el riesgo de muerte por calor lo que introduce un factor socio-económico. La contaminación del aire provoca también una serie de consecuencias serias para la salud y un aumento en la temperatura puede incrementar la formación de contaminantes secundarios como el ozono en la troposfera (parte baja de la atmósfera). El cambio climático podría causar un aumento en la frecuencia de periodos muy calurosos combinados con altas concentraciones de contaminantes dando lugar a cierta sinergia entre los efectos negativos de ambos fenómenos. El calor prolongado también puede provocar un aumento en la dispersión de alergenos, como esporas de hongos y polen, incrementando las reacciones alérgicas y asma. Por otra parte, está demostrado que una mayor proporción de radiación ultravioleta de origen solar alcanza actualmente la superficie terrestre debido a la disminución del ozono en la estratosfera (parte alta de la atmósfera). Aunque la causa básica de la destrucción de la capa de ozono es la presencia de clorofluorocarbonos (CFC) y es ajena a la concentración de gases de efecto invernadero en la parte baja de la atmósfera, existen interacciones químicas y físicas entre estos dos fenómenos.



Podría de hecho darse una interacción entre el cambio climático y una exposición mayor a los rayos ultravioletas y afectar de manera negativa la salud humana. Se anticipa que una exposición mayor a estos rayos causará mayor incidencia de cáncer de piel en poblaciones de piel clara, lesiones oculares como cataratas, y posiblemente también debilitará al sistema inmune, lo que tendría graves implicaciones para el riesgo de enfermedades infecciosas y respuestas a vacunaciones. Los eventos climatológicos extremos, como las sequías y las inundaciones, tienen impactos serios sobre la salud humana. La vulnerabilidad de la población a estos eventos está aumentando debido al crecimiento acelerado de la población, el aumento en los asentamientos humanos y la pobreza persistente. Se anticipa que el cambio climático provocará transformaciones en el patrón de inundaciones y sequías; sin embargo, no se sabe en qué grado se alterará la frecuencia de estos eventos climatológicos. Los mayores impactos a la salud, además de la posibilidad de ahogarse o lesiones físicas, son los daños a las tierras agrícolas y asentamientos así como la contaminación del agua potable que resultan de las inundaciones.



Esto implica un empobrecimiento del estado nutricional, especialmente en los niños, un aumento en las enfermedades diarreicas y respiratorias por condiciones de poca higiene, impactos a la salud mental e incluso liberación y diseminación de compuestos químicos peligrosos de sitios de acopio debido al aumento de las aguas. Por otro lado, se estima que el nivel del mar se elevará como consecuencia del cambio climático. Este aumento ocurriría de manera no uniforme debido a diferencias regionales en el nivel de calentamiento, diferencias en la circulación oceánica y la geomorfología de las zonas costeras. Hoy en día, más de la mitad de la población mundial vive a una distancia promedio de 60 km del mar. Su aumento podría tener una serie de impactos en la salud que incluyen intrusión de agua salada en fuentes de agua potable y agua para la agricultura además de los ya mencionados anteriormente, como el aumento de enfermedades causadas por vectores, muertes, daños físicos, y desnutrición.


El clima juega un papel muy importante en las enfermedades causadas por vectores como los mosquitos, las garrapatas, las pulgas, las moscas y otros insectos. Estos vectores de sangre fría son extremadamente sensibles a los efectos directos del clima como temperatura, patrones de precipitación y viento, ya que influyen en su comportamiento, desarrollo y reproducción. Si el cambio climático mejora la longevidad, aumenta la reproducción, aumenta la frecuencia de piquetes de estos insectos a la población o altera sus rangos de distribución, puede ocurrir un aumento en la cantidad de gente infectada. El aumento en el calor no es el único causante del incremento en las infecciones transmitidas por vectores: también las inundaciones y las sequías causadas por el cambio climático permiten condiciones adecuadas para el desarrollo de insectos; por ejemplo, el agua queda estancada formando charcos que son incubadores ideales para mosquitos. Un cambio en la redistribución de los agentes infecciosos y sus portadores pueden ser los primeros signos de una amenaza debida a un cambio climático. La malaria es una enfermedad ancestral transmitida por un mosquito (Anopheles) el agente portador de un protozoario (Plasmodium), agente causal de la enfermedad.



La malaria está mucho más extendida hoy que hace 20 años: cada año alrededor de 500 millones de personas en el mundo contraen la enfermedad de las cuales más de un millón mueren, especialmente niños. África es el continente más afectado, donde ocurren el 90% de las muertes por esta enfermedad. Los mosquitos han desarrollado resistencia a los insecticidas y el parásito es resistente a los medicamentos más comunes; por el momento no existen vacunas, ni se prevé que existan en un futuro cercano. Todo lo anterior hace que la malaria sea uno de los principales problemas de salud pública a nivel mundial. La incidencia de esta enfermedad es sumamente sensible a los cambios locales en la temperatura y la precipitación anuales.


Por lo tanto, se han hecho investigaciones para tratar de establecer el impacto del cambio climático sobre su dinámica y su transmisión. Se predice que un calentamiento global causará la transmisión de malaria a mayores altitudes y latitudes. Actualmente ya se puede encontrar en las tierras altas de África central, en donde anteriormente no se presentaba esta enfermedad. Sin embargo, aunque una buena parte de las epidemias ocurridas en diferentes partes del mundo en estos últimos años han sido iniciadas por aumentos transitorios en la temperatura y/o precipitación, es aún difícil decir si el cambio climático a largo plazo es un factor importante en la presencia de malaria en tierras altas. Lo que parece real es que los cambios ecológicos aunados a una mayor variabilidad climática y una tendencia al calentamiento jugar papeles cada vez más importantes en la propagación de esta enfermedad.



El dengue o fiebre “quebrantahuesos” es una enfermedad viral también transmitida por un mosquito, con síntomas que se parecen a una fuerte gripe y que en algunos casos causa sangrado interno que conduce a la muerte. Esta enfermedad aflige actualmente a unos 100 millones en las regiones tropicales y subtropicales, especialmente en las áreas urbanas y sus alrededores. El dengue se ha extendido en el continente americano alcanzando a la ciudad de Buenos Aires en la década de los 90. Esta enfermedad, anteriormente limitada por umbrales de temperatura a bajas altitudes, ya se ha detectado en ciudades de tierras altas: por ejemplo, en Taxo, México, por encima de los 1500 m sobre el nivel del mar. La conexión entre las condiciones climatológicas y la transmisión del dengue y sus epidemias, no es todavía muy clara. Los estudios preliminares han mostrado una relación entre el fenómeno de El Niño y la incidencia de dengue en los países en donde éste tiene un efecto importante sobre el clima.

Los brotes ocasionales de enfermedades por microorganismos oportunistas son provocados en gran medida por la secuencia de extremos en el clima. Es la variabilidad climática exacerbada que acompaña al calentamiento global (más que el aumento en la temperatura en sí) lo que favorece la aparición de epidemias. Por ejemplo, inviernos templados seguidos de veranos calientes y secos favorecen el ciclo que se da entre reservorio natural, agente transmisor y ser humano. Siguiendo esta secuencia, diferentes tipos de mosquitos pueden transmitir fiebre amarilla, enfermedad viral equivalente al dengue que ocurre en las selvas de África y Sudamérica. Varios tipos de encefalitis, como la encefalitis equina, la encefalitis de St. Louis, o la causada por el virus del Nilo oeste, enfermedades que brotan de manera ocasional y localizada cuando se dan las condiciones favorables. Estas enfermedades se han vuelto importantes problemas emergentes o resurgentes de salud pública en los últimos años.



Los roedores también son transmisores de enfermedades oportunistas, lo cual se tienen nidadas enormes, sus cuerpos pequeños, su gran apetito y sus mecanismos bien desarrollados de dispersión frente a una amenaza.Los búhos, coyotes y serpientes, entre otros, son los predadores naturales de los roedores. En un medio ambiente estable los predadores mantienen a las poblaciones de roedores bajo control. Pero, como se mencionó anteriormente, condiciones climatológicas extremas durante largo tiempo y fluctuaciones muy importantes en el clima pueden saturar la resistencia de un ecosistema.  La idea del proceso del cambio climático global por causas no naturales y su impacto sobre el medio ambiente mundial, aunque no unánime, está muy extendida y aceptada dentro de la comunidad científica. Sin embargo, hay una mayor incertidumbre sobre los efectos específicos de esta alteración de los parámetros climáticos en el planeta. Esto se debe a las diferencias científicas en las predicciones de las emisiones de gases de efecto invernadero y entre los modelos que se utilizan para estimar el clima en el futuro. 



Estos indican un calentamiento de la temperatura global de 1,8°C a 4°C para el año 2100, aunque se prevé que el impacto será mayor hacia los polos y en las zonas continentales interiores. La precipitación también varía por estos cambios climáticos en mayor o menor medida según los modelos de predicción, en función de la zona del planeta. Ambos parámetros, temperatura y nivel de precipitación, juegan un papel importante en la producción de alimentos. Además de los cambios en las condiciones ambientales, hay pruebas consistentes de que las circunstancias extremas aumentarán. Éstas pueden tener graves efectos adversos en los sistemas de producción de alimentos. Es muy probable que la frecuencia de los períodos de olas de calor y fuertes precipitaciones aumente en la mayoría de las áreas. También es probable que las áreas afectadas por las sequías se incrementen, junto con un aumento de la intensa actividad de ciclones tropicales y de la actividad de un elevado nivel del mar. Según revela este estudio, la Agencia Europea de Medio Ambiente ha elaborado una evaluación del impacto del cambio climático en Europa. Esta valoración indica un calentamiento estimado de 2,1 a 4,4°C para el año 2080, con los mayores incrementos en el norte y este de Europa. 



Los modelos indican además que estas áreas europeas se convertirán en zonas más húmedas, mientras que el Mediterráneo se convertirá probablemente en más seco. En cuanto a la estacionalidad, los países europeos pueden experimentar más precipitaciones en invierno, excepto para la región mediterránea, y menores precipitaciones en verano en toda Europa. El tema del cambio climático tiene un enorme impacto en los medios de comunicación y sus consecuencias, tanto globales como locales, respecto a los cambios en la producción y suministro de alimentos, así como las posibles consecuencias de otra índole (catástrofes meteorológicas, aumento del nivel del mar, aumento de temperaturas y deshielo) son un aspecto recurrente, tanto en publicaciones científicas como de carácter divulgativo.



Lejos de ser una cuestión ambiental, el cambio climático tiene una profunda repercusión económica, social y sanitaria. El cambio climático es un hecho admitido por casi toda la comunidad científica y son pocas las voces que ponen en duda esta afirmación. Casi todas las noticias que hacen referencia a este cambio y su relación con la alimentación se centran en el estrecho vínculo que relaciona el clima con la producción de alimentos, sobre todo agricultura y ganadería. Estas informaciones resaltan cómo repercute de forma negativa en la producción alimentaria y crea sequías e inundaciones y pérdidas de cosechas, con la consecuente destrucción de la forma tradicional de producción primaria en muchas zonas que, en definitiva, comprometen el acceso a los alimentos a gran parte de la población, en especial, en países en desarrollo. Pero son pocos los estudios que han evaluado cómo repercute este cambio climático en la seguridad de los alimentos, entendida como la buena calidad e inocuidad. Uno de los trabajos realizados en este campo pertenece al ámbito del Reino Unido, aunque los resultados y conclusiones son extrapolables a los demás países de Europa. 


El trabajo pretende, además de identificar el impacto que el cambio climático puede tener sobre la seguridad alimentaria e informar sobre ello, evaluar posibles maneras de adaptación a estas nuevas circunstancias con el fin de minimizar los riesgos. El cambio climático puede provocar incrementos en la contaminación, tanto química como microbiológica de los alimentos, debido a las variaciones en los patrones de producción agrícola, la intensificación de la agricultura y las alteraciones en las vías de transporte.





"SOMOS LO QUE HACEMOS REPETIDAMENTE. EXCELENCIA, POR LO TANTO, NO ES UN ACTO SINO UN HABITO"

ARISTOTELES



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